Piérdete para encontrarte

“Viajar es cambiarle la ropa al alma”

M. Quintana 

Mario Quintana tenía razón. La frase que hoy encabeza mi post es una de las más ciertas que he leído, que he puesto en práctica y cuyo efecto he podido experimentar en mi propia piel.

Y es que vibro tanto con aquella “hipótesis” que inunda la red: la felicidad está en gastar nuestro dinero en experiencias/viajes y no en acumular cosas. Realmente, si la felicidad es un camino, estoy convencida que este tipo de vivencias, esos cuartos de hora intensos, nos permiten el disfrute auténtico desde un estado de tranquilidad, nos dan la oportunidad (siempre y cuando estemos predispuestos) de sentir “mariposas en el estómago” al conectar con la esencia de los lugares, su historia y su cotidianidad.

  
Viajar, es un acción que nos acerca a la plenitud, donde se tangibiliza la sonrisa del alma por todo lo que en un espacio de tiempo, en un lugar específico, podemos llegar a vivir, a aprender. Tendría que oficializarse como “medida preventiva” cuando de salud mental se trate, el “dejarnos llevar”, escapar, movernos, perdernos para salir de la rutina que pesa a veces como una losa. Viajar solo o acompañado, permite una renovación absoluta al sentir asombro una y otra vez y al estar centrado en el disfrute de los detalles que trae consigo un lugar conocido o no, porque en ambos casos siempre habrá cosas nuevas por descubrir.

 
La clave está en la predisposición. El estar abierto a recibir cada regalo que la vida te ofrece con las más ínfimas experiencias. Es increíble, cómo incluso volver a un lugar que ya has visitado muchas veces, puede  ser distinto cada vez, puede dejarte historias  diferentes según lo lentes que tengas puestos. Como la vida misma, que evoluciona, somos seres cambiantes, nos transformamos y el regalo que te brindan los lugares es poder disfrutarlos desde muchas perspectivas, todo se torna distinto y la experiencia  puede estar pautada por nuestro estado de ánimo, la compañía, una etapa, nuestra sensibilidad y por supuesto nuestra receptividad, la capacidad que tengamos para desconectar y simplemente dejarnos llevar, envolver y fascinar.

Viajar en definitiva, es una oportunidad para que la vida te reconquiste, para sentirte vivo, para reencontrarte, para llenar el espíritu de energía, de belleza y simplicidad, de lo mejor de las personas que hacen parte de cada una de esas experiencias y de la convicción de que es necesario “cambiarle la ropa al alma” con cierta frecuencia. 

  
La idea de viajar no es huir, perdería todo su propósito y encanto. La idea es ser más consciente que nunca de nosotros mismos, de nuestro disfrute y de la percepción de lo que nos rodea. Viajar es una pausa que nos permite respirar y retomar con fuerza. La experiencia, si realmente estámos conectados con nuestro ser, inevitablemente traerá la reflexión, el relativizar y sopesar para definir lo que realmente tiene sentido, revisar o replantear un proyecto de vida para fundamentarlo en la coherencia.

Si algo debemos tener claro, es que el viajar debe tener una buena dosis de espontaneidad. La magia está en no repetir los mismos esquemas, sino en romper paradigmas que nos permitan vivir y disfrutar nuevos contextos, asumir el reto de sumergirnos en nuevas culturas, conocer y lograr un entendimiento con personas aunque no hablemos el mismo idioma, atrevernos a lanzarnos con los ojos cerrados a un mundo más allá de nuestro alcance, desconocido a la vez que fascinante. La superación de los miedos ante lo desconocido supone un esfuerzo cognitivo que desde luego se verá reflejado en seguridad, bienestar y empoderamiento. 

  
Viajar, es volar muy alto para lograr la reconexión espiritual. Una dosis de esperanza que aliviana el camino y reconforta, aún cuando pensábamos no necesitarlo. 

  

Category: Viajar
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