Rabat y Tánger

Nos pusimos rumbo a Rabat con el objetivo de hacer una parada intermedia en una especie de parque acuático. Así el día sería más completo y lleno de cosas diferentes.

El parque estaba cerca de Kenitra, llegamos allí poco antes de mediodía, nos dimos un baño. Pronto llegó la hora de comer, otro baño más, secar un poco y a cambiarse: Rabat nos esperaba.

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La visita a Rabat era express, pero con eso, al menos esa vez, nos era suficiente. Cuando llegamos y, tras atrevernos a dejar el coche aparcado en una dudosa zona azul que nos preocupó, nos fuimos a ver la Torre Hasán y el Mausoleo de Mohamed V.

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Después de pasear por la zona, nos dirigimos a la medina, a ver cómo era en comparación con las que ya conocíamos. Si bien todos estuvimos de acuerdo en que nos parecía más bonita la medina de Assilah, sí es cierto que la de Rabat tenía un aire especial, medieval, que conseguía transportarte (tirando de imaginación) al pasado y pintar en tu cabeza escenas que solo has visto en películas.

Paseamos por sus calles, compramos dulces y fruta en algunos de los puestos de la calle, y luego fuimos a tomarnos un zumo de naranja, para variar.

Unos días más tarde, ya habiendo dejado el piso en Assilah, llegamos a Tánger. Si Assilah, Kenitra o Larache fueron sitios de los que no tenía ninguna referencia puesto que desconocía su existencia hasta que estuve allí, con Tánger no ocurría lo mismo. Tánger es una ciudad conocida, importante en la Historia. Ciudad que acogió a gentes de muchos países y lugares, quizá por su posición tan estratégica.

Lo primero que me sorprende al llegar es la belleza de la zona de la costa. Llegamos en coche y a mi derecha tengo una zona amurallada que se mezcla con una montaña, jardines verdes y bien cuidados. A mi izquierda, una playa, un paseo costero…

Más tarde, caminando por las calles de la medina, y tirando de nuevo de imaginación, no me costó visualizar a artistas, espías, escritores o diplomáticos haciendo sus vidas en ese entresijo de callejuelas. Porque de todas las medinas que visité, la de Tánger es la que más siniestra y a la vez interesante me pareció. Sus calles estrechas me llamaban la atención, serpenteantes, con pequeñas tiendas locales, artesanales, con restaurantes también, riads… Me gustaba pasear por ellas, había un aire de magnetismo que me atraía sin remedio. Pero, también he de decir, que algunas calles estrechas y oscuras me daban algo de reparo incluso a plena luz del día.

Cuando llegamos al riad, nos mandaron esperar en la terraza del techo, al descubierto. Desde allí pudimos ver las maravillosas e impactantes vistas de la medina de Tánger. Un sin fin de edificaciones sencillas, formando altos y bajos, como una especie de escalera. Antenas parabólicas, tendales y sábanas al sol.

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Al rato nos llevaron a nuestras habitaciones que, si bien eran muy bonitas y de estilo marroquí, nos disgustó un poco el olor a humedad que en ellas había. Cosas que pasan. El desayuno del día siguiente (ahora lo sé), lo compensaría. Los dueños del riad nos recomendaron un sitio para comer de estilo marroquí, y así disfrutamos de una sopa marroquí y una pastela (también se podía escoger ensalada o tajin, pero yo escogí lo otro).

Después de comer nos animamos a ir a la playa, aunque Lucía y yo nos quedamos vestidas. Demasiado hombre mirando y ninguna mujer con ropa de baño a la que estamos acostumbradas. Así que nos achicharramos en la toalla mientras leíamos un poco, hasta que un poco más tarde nos volvimos al riad.

Un rato más tarde salimos a dar una vuelta por el puerto, a tomar algo (adivinad el qué) en el famoso Hotel Continental, y finalmente a cenar algo antes de volver a la habitación y dormir como angelitos.

El día siguiente no empezó nada mal. Subimos a la terraza del riad y unos minutos más tarde nos estaban sirviendo un abundante y riquísimo desayuno. Disfrutamos como niños de cada trozo de pan, torta, fruta, zumo… Recargamos los cuerpos de energía y nos dirigimos al coche, pues ese día ya lo finalizaríamos en Ceuta, pasando la frontera.

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La primera parada fue el Cabo Espartel, donde disfrutamos de unas vistas muy bonitas del faro, el cielo y el mar. También, un poco más adelante, nos pusimos a bajar escaleras para ver mejor la zona de acantilados y disfrutar un poco de la brisa del mar en la cara. Con el calor que hacía, ¡os aseguro que no sobraba!

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Luego nos acercamos hasta las llamadas “Grutas de Hércules”, a ver qué se cocía por allí… La verdad es que todos esperábamos algo más de las grutas, aunque no estuvieron mal. La única foto decente que saqué es la mítica de la “cabeza de Hércules” que forma la abertura de las grutas al mar.

¿Y qué hicimos después de las grutas? Pues muy fácil, nos subimos a una terracita muy mona y nos pedimos un… (redoble de tambores)… ¡jus d’orange! Felicitaciones a los que habéis acertado.

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Paramos a comer en un centro comercial, donde además gastamos los últimos dineros en alguna de las tiendas que había allí, y poco después pusimos rumbo a Ceuta. Queríamos pasar la frontera cuanto antes mejor para quedarnos tranquilos, no fuera a ser que hubiera algún problema, atasco, etc. y perdiésemos el ferri. Esa es la razón por la que, aunque el ferri era a primera hora de la mañana, nosotros fuimos el día anterior a Ceuta, con la idea de hacer noche allí.

El caso es que en la frontera no tuvimos problema, así que una vez en Ceuta nos pusimos a buscar alojamiento, y llegó el momento crisis con los precios de los mismos. ¡Madre mía! En un momento dado, a alguien se le ocurrió llamar a la compañía del ferri y preguntar si podíamos cambiar el ferri del día siguiente por el último de ese día. No nos pusieron problema, así que sin hacer parada en Ceuta nos fuimos al puerto a hacer cola para subir al ferri.

Un colacao, un bocadillo y un plan: llegaríamos sobre la una de la mañana a Algeciras, y pegaríamos el tirón hasta Sevilla, donde haríamos noche en un hostal que nos había salido muy bien de precio y que estaba muy céntrico. Con la tontería, yo estaba muy emocionada, no conocía Sevilla y no esperaba conocerla en ese viaje. Me gustaba el giro que había dado todo, a veces las “malas noticias” te llevan a destinos mejores.

La última foto es un regalo. Aquí una servidora, con sus pintas, con los ojos cerrados para no marearse como la primera vez, comiendo un helado, y rezando a todos los dioses imaginables que nadie vomitase para que no me llegase el exquisito aroma. Por lo demás, todo bien.

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A.

Category: Viajar
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