Singapur (+ Kuala Lumpur)

Aterrizamos en el aeropuerto de Singapur más allá de las 12 de la noche. Estaba inquieta y emocionada. Tardé un buen rato en pasar el control de seguridad, pero no pasaba nada, tenía las energías bien recargadas y el nivel de ganas de comerme el mundo al máximo.

Cuando pasé el control de aduanas empecé a buscar un lugar cómodo donde descansar. Sí, exacto, donde descansar. ¿Qué mejor manera de empezar el viaje en Singapur que ahorrándome una noche de hotel durmiendo en el aeropuerto? Así que estuve un rato buscando hasta que encontré una zona con sillones y sofás. Me senté en un sillón ovoidal que parecía cómodo y puse la mochila a mis pies. Me enrosqué cual felino y empecé a moverme hasta que cogí una postura lo suficiente confortable como para poder dormirme.

Unas horas después me dirigía en metro al centro de Singapur, donde había reservado noche en un hostal en el barrio de Chinatown. Dejé mi maleta en el hostal, me cambié de ropa y me aseé y… ¡a patear! Tenía dos días para ver Singapur, aunque ya había estado informándome y era tiempo de sobra para ver lo más importante porque todo está bastante cerca y no es muy grande (y si no tienes mucho tiempo puedes usar las maravillosas y frescas líneas de metro).

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Me tiré a la calle emocionada y con ganas de verlo todo, me puse a caminar sin dejar de mirar a mi alrededor, con el móvil en la mano, claro. ¿Por qué? Porque si lo guardo sé que a los dos minutos voy a sacarlo para sacar otra foto, así que me ahorro el esfuerzo. Ese día me apetecía caminar porque mi objetivo era hacer lo que a mí más me gusta: callejear, pararme en cada calle, mezclarme entre la gente.

El hostal era bastante chulo, y la ubicación estupenda. Mi calle estaba llena de vida, de comercios, y los edificios eran muy bonitos, llenos de colores pintorescos. En cuanto giré la esquina, la gente fue desapareciendo poco a poco, y me quedé prácticamente sola mientras caminaba por las calles impolutas de Singapur. Siempre lo digo, la sensación era como la de estar caminando por una ciudad-decorado de una película de Hollywood.

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Pronto me di cuenta de que la razón principal por la que la gente no iba caminando por las calles era el calor y la humedad. Aun así, ese primer día no me arrepentí de no coger el metro y recorrer las vacías calles por mi cuenta, si no me hubiera perdido vistas increíbles de la ciudad desde el interior.

Singapur es una ciudad muy moderna, limpia, avanzada. Me alucinó ver los enormes rascacielos, el Marina Bay, edificios llenos de vegetación, como si fueran parques verticales… Me adentré en un parque en el centro de la ciudad en mi búsqueda del museo nacional (creía que este era gratuito, pero no), y luego me acerqué a la zona de la bahía, desde donde podría ver el complejo Marina Bay, símbolo de Singapur.

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De camino a la bahía entré en un complejo destinado a las artes y las ciencias, gratuito, en el que se hacían un montón de espectáculos en una gran variedad de horarios. El sitio estaba fresco, tenía sillones y wifi gratis, además de muchos carteles interesantes para leer y pasar el rato, así que creo que no tengo que decir mucho más para explicar por qué me quedé un tiempecito allí.

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Cuando salí del complejo las vistas de la bahía me golpearon de frente, y no pude evitar sentarme a disfrutar de las mismas, y sacar algunas fotos. Luego me puse a caminar en dirección a un puente que me parecía que conectaba con la zona del Marina Bay y los Gardens by the Bay.

Y así era. La caminata fue larga, pero 45 minutos después me encontraba debajo de esos majestuosos árboles, en medio de uno de los parques más fascinantes que he visto en mi vida.

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Como decía, el parque es increíble, con muchas zonas que ver y en las que disfrutar y pasar el día. Algunas de ellas son de pago, pero tenían muy buena pinta. Yo, que iba en modo económico y además sin mucho tiempo, decidí quedarme paseando en las zonas gratuitas, comer algo, y esperar para ver el primer pase del espectáculo que hacen todas las noches. Y es que todos los días, a unas determinadas horas, los árboles gigantes se llenan de luces de colores que bailan al son de un montón de canciones conocidas. Sin duda algo que no me podía perder.

Para volver al hostal, agotada después de haber caminado todo el día, había decidido volver caminando. Cuál fue mi sorpresa cuando, tras atravesar el parque por zonas un poco oscuras, me encuentro con que el Google Maps me manda caminar por la carretera (rollo autopista, no carretera normalita). No vi otro camino posible para llegar caminando a mi hostal salvo el de rodear muchísimo, así que cedí y di media vuelta, seguí a la marabunta de gente y cogí el metro. Creo que esa noche me dormí en dos minutos de reloj.

Me desperté, no obstante, llena de energía y ganas, parece que esos cinco días sin hacer nada salvo pasear en Kuta habían conseguido que me quisiera comer el mundo sin falta de acompañamientos. Me fui a desayunar con el vale que me habían dado en el hostal a un establecimiento típico del barrio de Chinatown. Era temprano por la mañana y ya hacía un calor tremendo, ¿cómo podía ser? Podía ser. Estaba en Singapur en junio, y era lo que había, amigos.

Mi último día en esa ciudad tan maravillosa y ecléctica decidí comenzarlo en el barrio conocido como Little India. Aquí tengo que expresar sentimiento encontrados. Quizá fue el día, o que yo no estaba del todo receptiva, pero no puedo decir que fuera una experiencia agradable con todas las letras. No me pasó nada, tampoco nadie me dijo nada, pero estuve un poco incómoda. No sé explicarlo tampoco, simplemente fue una sensación rara. Es un barrio bonito, lleno de colores y en el que sientes que te transportas (y esto lo digo sin haber viajado a la India, algo que remediaré espero en un futuro no muy lejano) a otro país. Estuve callejeando un poco, mirando prudente desde lejos cómo la gente a mi alrededor (turistas y no turistas) hacían su día. También fui a echar un ojo a la mezquita del Sultán, la cual se ve bastante impresionante desde fuera, aunque no encontré una plaza donde poder sentarme un rato a admirarla con tranquilidad.

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No pasé demasiado tiempo en el barrio por lo ya comentado, aunque creo que es un sitio que hay que visitar si estás en Singapur. Me puse a caminar en dirección a la zona más moderna, con altos edificios, por la que había estado el día anterior. Hice una parada a medio camino para tomar algo en una cafetería de un centro comercial, pues os podéis imaginar el calor que hacía a mediodía cuando ya te achicharrabas a primera hora de la mañana…

Y cuando me quise dar cuenta ya estaba en el hostal, cogiendo mi mochila, bajando a la calle y tomando el metro, dirección al aeropuerto más increíble que jamás he visto. El vuelo salía muy tarde, pero me apetecía llegar unas cuantas horas antes al aeropuerto y poder disfrutar del mismo. Y resulta que al final… ¡anduve escasa de tiempo!

Una de las cosas que más me ganaron fue hacer el check-in. Llegué al aeropuerto, me puse en una de las máquinas habilitadas y comencé a teclear los datos que me requería la aplicación sobre mi vuelo. Como tenía equipaje que facturar (mi mochila ya no colaba como maleta de mano), de la máquina salió la pegatina que tenía que poner en la mochila y de ahí pasé a otra área en la que dejar mi equipaje. Y todo esto de forma autónoma y varias horas (bastantes) antes del vuelo. Posé la mochila en la bandeja, la coloqué como me decía la pantalla del ordenador para que no hubiese ningún problema y… ¡tachán! La vi partir mientras yo me quedaba ligera de equipaje y con ganas de recorrer el aeropuerto.

Todas las terminales del aeropuerto de Singapur se caracterizan por su elegancia, modernidad, que están llenas de figuras o esculturas en movimiento y su buen gusto. Pero luego cada terminal tiene sus características y atracciones. Por ejemplo, en la terminal 2, una vez pasado el control de seguridad, los pasajeros pueden disfrutar de un cine gratuito. Yo estaba en la terminal 4, y fue por allí por donde pasé el control unas horas más tarde, así que me perdí el cine :-( .

Pero bueno, sin queja, no me aburrí en ningún momento. Cogí un autobús en la terminal 4 que me llevó a otra de las terminales, desde la que pude ir caminando a la denominada “Vessel”, la pieza estrella del aeropuerto. Se trata de un complejo con forma de dónut lleno de tiendas, cine (de pago), restaurantes… y justo en el centro del mismo tiene una enorme y preciosa cascada artificial rodeada por un bosque. Además, hay un tren que pasa por uno de los laterales, conectando terminales, y desde el que se puede ver el bosque y la cascada. Una pasada, vaya.

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Las fotos no hacen justicia, tienes que estar allí. Sin duda, repito, el mejor aeropuerto en el que he estado… Así que recomiendo Singapur de principio a fin, desde el aeropuerto hasta el corazón de la capital. Una ciudad limpia, moderna, cosmopolita y, sin duda, mirando al futuro.

Cuando llegó la hora, cogí mi vuelo, dirección Kuala Lumpur. Singapur y Kuala Lumpur están bastante cerca, así que el vuelo fue de aproximadamente una hora. Aterricé en la capital de Malasia a eso de las 12 de la noche, con una escala de 14 horas por delante. Pero no iba a desaprovechar la oportunidad de ver de cerca y con mis propios ojos una de las maravillas arquitectónicas de este nuestro planeta, así que me dirigí al control fronterizo y recibí con gusto el sello en mi pasaporte.

Me puse a caminar hacia la zona donde se cogían los autobuses para el centro, ya que había leído que era la opción más económica y no tardaban demasiado. Me informé de los horarios y los precios, puse la alarma en el móvil, y me fui a echar en unos asientos que había cerca, a descansar unas horas.

A eso de las 7 y media de la mañana me desperecé y compré mi billete de autobús, me subí en el mismo y me puse la música hasta llegar a destino, una estación de autobuses y trenes de KL. Para que os hagáis una idea, estaba totalmente incomunicada (sin wifi y sin datos), en un país que no conocía y con el tiempo justo para ir, ver las Torres Petronas y volver al aeropuerto. No quería sustos ni perder más aviones, gracias. Estaba nerviosa, porque por mucha información que hubiese leído en internet (creedme, la leí), no cobra sentido hasta que no estás ahí, en la estación, delante de un sinfín de letreros, de líneas de metro, de tren, de autobús. En una estación ajena en la que te bajas en una zona sucia, industrial y casi sin gente.

Lo primero que hice fue informarme donde me bajé del autobús de los horarios para volver. Luego busqué unas escaleras para subir a lo que consideré que era la estación y las subí. Sí, era la estación. Siguiente paso: preguntar en información. Una chica me confirmó la línea de metro que tenía que coger para llegar a las torres.

Media hora más tarde, salía de la parada de metro mirando al cielo, a mi alrededor. Maldita sea, no veía nada… El mapa del móvil (me lo descargué para tenerlo sin conexión) me decía que estaban justo ahí, justo ahí…

Tras rodear el edificio que tenía justo a mi espalda, me di cuenta. Esas eran las torres. Fui hasta una especie de plaza que hay frente a ellas, cogiendo perspectiva. Era muy temprano y el cielo estaba nublado y una especie de neblina amenazaba con dejarme sin ver las torres en su esplendor. Pero esperé, me senté en unas escaleras que había y miré hacia arriba. Me recorrió esa sensación de sentirte muy, muy pequeña. Casi daba vértigo mirarlas desde abajo. No me arrepentí del madrugón y del lío hasta llegar allí. Eran grandiosas, bellas, perfectas.

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Decidí dar un paseo porque había leído que cerca de las torres había un parque, y allí fui. Volví a sentarme y a contemplarlas desde otra perspectiva, más de lejos. Un español que estaba allí con unos amigos (él trabajaba en Singapur) me sacó unas fotos y nos despedimos. Caminé, volví a sentarme, me puse música, miré a mi alrededor. Desayuno con Torres Petronas. Pero sin desayuno, la verdad. Una mujer corriendo, un hombre paseando a su perro, turistas… Y yo allí, haciendo escala en KL, rumbo Tokio, tras haber recorrido durante más de tres meses diferentes países del sudeste asiático.

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Ningún momento es perfecto, y sin embargo cualquier momento puede serlo. Depende de cómo lo sientas, cómo lo vivas, cómo lo saborees. Estaba cansada (agotada), me sentía mugrienta (soñaba con una ducha fresquita), tenía hambre (en esos momentos cómo recuerdas la comida de mamá o de la abuela…), pero no cambio ese momento conmigo misma, a los pies de las Twin Towers, reflexionando sobre todo y sobre nada, pero sobre todo sintiéndome orgullosa de mí misma y de dónde estaba. Literal y figuradamente hablando.

Y hoy, meses más tarde, descansada, sin hambre y recién duchada, no podéis ni imaginar lo que daría por sentirme exactamente igual que como me sentía en esos momentos. Aunque recordarlo, de alguna manera, ha sido como un soplo de aire fresco, como si se quisiese encender una chispa, un fuego, dentro de mí.

A.

Category: Viajar
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