A Dedo por Gualeguaychú y Ruta 14.

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Cruzando la frontera.

Me sentía tan agradecido, al fin estábamos por cruzar la frontera e íbamos un poco más cerca de Córdoba. Allá nos estaba esperando Gabo, un cordobés que nos iba a dar alojo los dos primeros días.
Estuvimos muy poco tiempo viajando hasta Fray Bentos, o tal vez de lo emocionado que estaba se me hizo más rápido. Éramos el tercer grupo que llevaba el argentino quien disfrutaba de llevar viajeros.

Al cruzar la frontera todo se dio naturalmente, le dimos los documentos al conductor para que los presentara en la aduana y a él le dieron unos papeles “para la vuelta”. “Esto no sirve para nada”, dijo él. Dentro de su buen sentido del humor y su buena forma de no importarle nada dejo esos papeles a su costado en el cenicero del auto. Yo los mire sabiendo que eran de importancia pero decidí despreocuparme ya que estaba demasiado entusiasmado.

Travesía en Gualeguaychú.

Todo nos parecía extraño; estábamos en una estación de servicio en Gualeguaychú, fuimos al baño y procuramos encontrar la forma de ir a la ruta 14 rumbo a Buenos Aires ya que para llegar a Córdoba era conveniente ir hasta Zarate y allí en la ruta 9 encontrar a alguien que nos llevara directo a nuestro destino.
Nuestra capacidad para no entender nada estaba potenciada y terminamos haciendo dedo en medio de la ciudad en un lugar donde supuestamente según un policía la gente hacía dedo rumbo a la ruta con frecuencia. Claramente nadie nos levantó y terminamos buscando la forma de llegar hacia la ruta caminando.

Fue como una hora de caminata con nuestras pesadas mochilas llenas de ropa y lana, la fatiga y el sufrimiento fueron intensos pero finalmente llegamos a la terminal donde al lado supuestamente quedaba la famosa ruta 14. En la terminal me dirigí a información turística y una señora me mostró como llegar a la ruta que quedaba a uno 11km de allí.

En ese momento estaba tan cansado que hubiese pagado lo que fuera por que nos llevaran a Córdoba. La sola idea de tener que caminar 11km para llegar a la ruta me provocaba escalofríos por lo que me empeñe en averiguar precios de ómnibus hacia Córdoba pero no eran para nada económicos (unos 600 pesos argentinos) así que seguí preguntando cuanto costaban hacia Buenos Aires.

Afortunadamente en ese momento Vicky estaba con los pies sobre la tierra y me ayudo a entrar en razón. No podía simplemente bajar los brazos a un día de haber salido y comenzar a gastar tanto dinero, si bien salí con una buena reserva mi plan era viajar por unos 6 meses así que tenía que hacer rendir todo lo que tuviera.

Tras pasar parte de mi crisis le dije a Victoria: “Camino hasta la calle y hago dedo para que nos lleven a la ruta, si pasado un rato no nos llevan me tomo un ómnibus”. Y así, partimos nuevamente con nuestras sufridas mochilas.

Cruzamos una rotonda y al llegar a la esquina, un poco antes de una estación de servicio comenzamos a hacer dedo. Todo el que pasaba nos hacia seña de que doblaba por allí o que iba por allá, por lo que a Vicky se le ocurrió hacer un cartel que dijera RUTA 14; así que tomé un marcador negro que había cagado entre mis tantas pertenencias y ella una cuadernola.

Así nos encontrábamos: uno agarrando el cartel y el otro alzando el brazo con el pulgar arriba en dirección a la ruta. No sabíamos bien si estaba dando mucho resultado, o si tan si quiera se entendía. Cuando me propuse decirle a Vicky para fijarme si se veía bien, como telepatía ella me dice que se va a alejar un poco y fijarse si los autos que doblaban veían el cartel. Fue cuestión de segundos, ella casi en la esquina y yo parado con el cartel en una mano y haciendo dedo con la otra, cuando de repente una camioneta blanca para un poco antes a la entrada de la estación de servicio.

“Dale”, le grité a Vicky, quien lo más rápido que pudo corrió a agarrar sus cosas. Corrimos antes de que el chófer cambiará de idea y nos dejara ahí. Era un señor joven de unos treinta y pocos años con su hijo de no más de diez. Afortunadamente nos llevarían hasta la dichosa ruta, pero desgraciadamente en medio del camino a la camioneta le comienza a fallar el motor.

Finalmente…

Nuevamente, nos encontrábamos haciendo dedo para que nos llevaran a la bendita ruta 14. Con nuestro cartel, haciendo dedo, muertos de calor y tal vez un poco de hambre. Ya sabíamos que nuestra cabala era turnarnos y que no importaba lo que hiciéramos solo nos levantaban cuando el otro estaba distraído. Era un tanto complicado saber esto por que todo tenía que ser espontaneo.

Pasó un rato, y Vicky intento hacer otro cartel que se viera más. Yo me mantuve insistente haciendo dedo con el antiguo cartel, me puse en mente la idea de que seguía siendo mi turno ya que la última vez había fallado. Al rato ella se pone a dar vueltas de carnero, a bailar y hacer movimientos de capoeira, yo en tono cómico comienzo a llamar a Macintosh.

Nuestra amistad se ha basado siempre en la diversión, siempre disfrutamos mucho haciendo chistes, imitaciones y creando personajes. Hubo un tiempo en el que hacíamos el chiste de llamar a Macintosh, si en la calle veíamos un auto decíamos: “Ahí viene Macintosh”.

Hasta donde habíamos llegado ya habíamos hecho todo tipo de chistes y nuestra idea central era que nuestra entidad estaba presente en todas partes y en todas las formas, así que cada chófer que paraba era Macintosh expresado en una forma distinta. Cuando pasaba un auto o un camión decíamos a modo de divertimento: “¡Ahí viene Macintosh, ya esta llegando!”

Entre cánticos, llamados, bailes y vueltas de carro; sobre todo estando Vicky lo más distraída posible,una camioneta roja que remolcaba herramientas de trabajo en el campo para a poca distancia con animo de llevarnos hasta la ruta 14. Un joven rubio vestido con bombacha de campo se presenta, yo me subo adelante y Victoria atrás.

Conversamos sobre política y lo descontenta que esta la clase trabajadora del campo con el gobierno argentino. Él nos preguntó sobre Mujica y la situación social en Uruguay. Nos llevo hasta la ruta 14 y unos cuantos kilómetros por la misma, cuando llegó el momento nos dejo en medio de la ruta.

Al fin, estábamos a medio camino y no se nos hizo nada difícil encontrar alguien que nos llevara hasta Zarate. Ya no importaba cabala alguna o si estábamos distraídos, siempre alguien nos llevaba y eso nos daba seguridad y alegría. Nos estábamos dando lujos.

Camionetas, Estaciones de Servicio y Camioneros.

En la camioneta blanca nos esperaba un Ingeniero Eléctrico que luego de años de ejercer se decidió a estudiar Administración de Empresa. Ahora dirige sus propios negocios e inversiones. Es una persona verdaderamente interesante que nos contó sobre sus entretenidos (para nosotros) enredos amorosos con una joven casi unos 20 años más chica que él. Era vegana como nosotros y al gustarle a él la carne y buscar compartir a través de la cocina se le hacía muy difícil congeniar y buscar cosas en común. Fue una charla muy interesante.

En Zarate nos dejo a eso de las 7 de la tarde, nos quedamos en la ruta 9 la cual va a Córdoba. Vicky comenzaba a mirar si los alrededores estaban aptos para acampar ya que estaba oscureciendo. Poco rato estuvimos cuando un camión bastante grande para.

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Nuestra comida.

“Los llevo hasta San Nicolás”, me dijó el camionero. Me subí y Vicky me alcanzó las mochilas, luego subió ella. “Los voy a dejar en una estación de servicio donde paran muchos camiones que van a Córdoba”, me siguió explicando. Fue un viaje entretenido de unas dos horas, llegamos a San Nicolás a eso de las nueve de la noche; luego de haber conocido la sacrificada vida de un camionero, viviendo en su camión, sustentando a sus hijas, y claro, con sus enredos amorosos.

En la estación de servicio de Sán Nicolás fuimos al baños, cargamos los celulares y comimos papas fritas con una deliciosa ensalada que te servias a gusto, tomamos agua y le avisamos a Gabo que con suerte llegaríamos a la mañana siguiente. La comida nos costo unos 86 pesos argentinos a cada uno. Por suerte tenía una reserva de 190 pesos argentinos que nos habían sobrado a mis padres y a mi en nuestro viaje a Buenos Aires en Julio de este año, el resto lo traía en dolares y tenía que esperar a llegar a Córdoba para cambiarlos.

Próximo destino: Córdoba.

Como a las once y media de la noche comenzamos a rondar por los alrededores de la estación de servicio en busca de un camionero que nos llevara. Nos daba vergüenza preguntar, estaba lleno de camiones pero la mayoría estaban con las cortinas cerradas, lo que significaba que sus conductores estaban durmiendo. Nos decidimos a preguntarle a un chófer que se dirigía a su camión pero en cuanto se subió cerro las cortinas.

A la salida de la estación había un grupo de personas que supusimos eran empleados del lugar, estaban charlando y de refilón escuchamos que uno de ellos decía algo sobre Córdoba. Los dos paramos la oreja, nos miramos y Vicky me pregunta: “¿Dijo Córdoba?” Nos reímos, estábamos tan ansiosos por llegar que escuchábamos el nombre de nuestro destino en conversaciones ajenas

Nos movemos en sentido contrario a estas personas y uno de ellos se acerca y nos dice señalando: “Ese camión va a Córdoba.” Había un camión parado a la orilla de la ruta, nos acercamos, estaban las luces prendidas pero no había nadie cerca. No sabíamos que hacer. ¿Donde estaba el chófer? Le dije a Vicky que era mejor esperar a que viniera alguien pero ella en medio de la noche y con los camiones pasando a mil por hora se puso a hacer dedo. Me reí y le dije: “No va a parar ni un naipe, nadie nos ve.”

A lo lejos vemos venir a la misma persona que que nos había señalado el camión, un tanto apurada. Nos dice: “¡Vamos, suban!, ya se me estaban yendo…” No habíamos entendido que cuando nos dijo que ese camión iba a Córdoba, también nos había dicho que él nos llevaba. “Hace rato que estoy ahí conversando con mis compañeros buscando alguien que me acompañe hasta Córdoba, cuando los vi venir hasta gritaba -“Voy hasta Córdoba, voy hasta Córdoba” – y ustedes nada, ahora casi se me van”, nos dice Facundo quien tenia un canto diferente al que habíamos escuchado.

Hacía ya 48 horas que estaba en ruta y sin dormir; nuestro trabajo era mantenerlo despierto, conversando y sebandole mate. Iba a ser una larga noche y teníamos unas 6 horas de viaje para llegar a destino. Lo importante era que íbamos bien encaminados y nuevamente nos probábamos a nosotros mismos que si se podía y que en la vida los lujos llegan solos.

Category: Viajar
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