Amun amun, doña Blanca

“Antes no había fronteras. Chile, Argentina… éramos una sola cosa. Todo era uno solo y se pasaba de un lado a otro”, rememora Blanca Epulef, guía de la comunidad mapuche curruhuinca en San Martín de los Andes. Mientras teje, supervisa la entrada a su comunidad por la que es necesario pasar para contemplar el Lago Lácar desde el mirador Bandurrias y a la playa de La Islita.

El lugar es hermoso, y entrar es, desde luego, mucho más barato que los parques nacionales que pueblan la provincia patagónica de Río Negro. A los turistas extranjeros nos cuestan 120 pesos por día.

Sin embargo, no todos los lugareños están de acuerdo con la tasa de la comunidad mapuche.“Si vas donde ellos te cobran cinco pesos. A nosotros también nos los cobran, en cambio a ellos no les cobramos cuando vienen acá”. La frase la pronuncia Diego, un hombre educado y atento en todo lo que se refiere a los huéspedes que llegamos a su albergue en busca de refugio antes de prepararnos para las caminatas entre los bosques, lagos y cerros de esta tierra.

“El turista busca la tranquilidad, esa riqueza la tenemos nosotros no ellos”, reivindica doña Blanca , tratamiento que le da uno de sus vecinos al dirigirse a ella. “Pero el dinero se lo gastan abajo, en los hoteles y en los restaurantes”, señala. Arriba hay un camping y en muchas casas cuelgan carteles que ofrecen tortas y agua.

Aún existe un ellos y un nosotros bajo la idílica estampa de San Martín de los Andes, uno de los destinos del turismo de invierno en Argentina. Los que habitan en el valle y los que habitan en el monte. Dos sociedades que se rozan lo justo, aunque las dos se dedican en buena medida a ese turismo que produce los principales beneficios en un lugar que se “fundó” en 1898 para contener la frontera con Chile y cuya territorialidad aún se disputaba con el país andino hace unas décadas.

Lavanderas, planchadoras, mozos, artesanos y tejedoras tienen la piel más oscura. En los bancos, los albergues y conjuntos de cabañas, las empresas que ofrecen paquetes de rafting, canoas o cabalgatas predominan las pieles claras, similares a las de los turistas que pasamos por aquí.

Arriba, en torno al lago, viven los mapuches. Doña Blanca pertenece al Lof Curruhuinca y asegura que, aunque no hay un censo actualizado, son unos 9.000 los moradores de los bosques que rodean el Lácar. Bastantes más de los dos o tres mil que aparecen cuantificados en algunas fuentes de internet. “No tenemos sitio. Hay muchas parejas jóvenes que no tienen dónde irse a vivir”, apunta doña Blanca. Muchos viven alquilados en el pueblo por cuestiones de trabajo y de espacio “pero nunca se van de la comunidad”, asegura. Las tierras que el gobierno les devolvió en los años 90, en lo alto de los cerros, se han quedado pequeñas para una comunidad que crece. “No sé si pensaron que no nos teníamos que seguir regando”, apunta.

DSCF0074Vivir abajo tampoco es una posibilidad para la mayoría. Abajo viven los descendientes de los colonos europeos que fueron atraídos por el Gobierno argentino tras la ‘Conquista del Desierto’, una guerra abierta en la que se desplazó a los pobladores originales. A ellos se les suman, cada vez más, gentes adineradas de Buenos Aires o Córdoba que buscan un rincón donde pasar las vacaciones o la jubilación cuidando de sus hermosos rosales, y compradores extranjeros. En los últimos años un boom inmobiliario ha multiplicado el precio de los solares y de las casas en San Martín de los Andes.

“En el tiempo de mis abuelos se empezó a traer a esa gente para poblar el valle y se empezó a correr a los mapuches para la montaña”, recuerda Blanca Epulef. Antes de eso, los curruhuincas de San Martín de los Andes, abastecían de hortalizas el mercado de Junín. “Ahí [en el valle] tenían nuestra ‘ruka’ nuestros ancianos. Cuando llegó la ‘Conquista del Desierto’ el Ejército nos tenía como rehenes, fuimos perdiendo nuestras lenguas y hasta nuestra cultura. Pero con los 500 años (la celebración del descubrimiento de América por Colón) se salió de nuevo, se supo que los mapuches aún existían”, dice con orgullo.

Ese momento fue un punto de inflexión. “Empezamos a recuperar nuestra lengua y hoy tenemos maestros mapuches, pero todavía es una pelea”, señala. Otro momento complicado fue la colocación de la bandera mapuche en la plaza de San Martín. La creación de la bandera fue una decisión tardía (se empezó a utilizar en 1992 y fue todo un trabajo de diseño y negociación entre los distintos loncos o “intendentes” de los mapuches). Doña Blanca cree que fue necesaria porque ejerció como elemento identificador de todo un pueblo.

Todas esas luchas y reivindicaciones van unidas a una primera y principal: la tierra. Las ocupaciones o recuperaciones de tierra por las comunidades y familias mapuches comenzaron a extenderse en los años 90 ante la imposibilidad de acceder a ellas de otro modo. “Ahora no es como antes, hoy por lo menos se puede entrar a discutir. Antes no teníamos voz, ahora negociamos con el gobierno nacional y con el provincial”, explica.

IMG_20160224_123122Para esa negociación necesitan elegir al Lonco de su comunidad, un cargo al que puede postularse cualquier miembro de la misma mayor de 18 años y que sea reconocido por los demás como persona responsable. También pueden aspirar al cargo las mujeres “aunque hay muchos machistas”, puntualiza Epulef. En la comunidad que se asoma al Lácar están esperando el plazo que marca la ley para elegir a su nuevo Lonco, ya que el actual lleva ejerciendo de forma provisional los últimos cuatro años.

Las elecciones deben de ser algo digno de ver. Los candidatos se identifican por colores (muchos miembros de la comunidad no saben leer) y se presentan a la asamblea. “Ahí cocinamos nuestras habas”, dice divertida doña Blanca. “Hay un lugar al otro lado del lago donde nos juntamos para debatir. Es nuestro ‘trahún’, nuestro… parlamento. Todos tienen que ir, a partir de los 18 años todos los mapuches tienen responsabilidades con su comunidad. Si hay mucha gente y no cabe podemos trasladarlo a otro sitio que está abierto”.

Mientras sigue tejiendo, doña Blanca me dice que ese lugar no se puede visitar ahora, porque está cerrado. Lástima que para marzo, cuando comience el parlamento yo ya esté lejos de estas tierras. Con su permiso, le digo, quiero subir al mirador y admirar el lago. Después bajaré hasta la playa de La Islita. Allí, los carteles tallados en tablones avisan al turista de que se lleve sus residuos y cuide la naturaleza que los rodea. Por ella sobrevivimos. Nos despedimos.

Amun amun, doña Blanca. Que le vaya bien.

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Category: Viajar
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