Buscando a Evita

La visita al cementerio de La Recoleta en Buenos Aires es, dicen, obligada para todo turista que se precie. La mayoría llegamos detrás de un mito, la adalid de los ‘descamisados’, valedora del voto femenino, amada y odiada a partes iguales. Eva María Duarte de Perón también llegó detrás del mito, en realidad. Cuando su cadáver fue por fin depositado en La Recoleta en 1976, el cuerpo había sufrido mil vaivenes y su historia era ya una leyenda.

Pero La Recoleta es un laberinto y aunque se puede consultar en un mapa dónde está cada tumba resulta mucho más atractivo perderse en esa ciudad de los muertos que se levanta en medio de la ciudad de los vivos. Casi se pueden escuchar las risas de los que allí reposan mientras los turistas giramos y giramos en un recorrido infinito. Borges debería estar enterrado aquí… Su cuerpo se deshace en Ginebra, pero su espíritu enreda las mentes de quienes leen las letras grabadas en piedra. Hay un Funes (no podría ser de otro modo) coroneles, presidentes, madres abnegadas, amigos añorados…

Muchos panteones disponen de lucernarios, a veces de lindos colores, que iluminan el lugar. Los ataúdes se muestran tras los cristales de las hermosas puertas, algunos cubiertos por paños blancos bordados. Junto a las lápidas se multiplican las placas conmemorativas de amigos y deudos de los fallecidos. Pero sólo una tiene flores de manera permanente, la de ‘Evita’. Eso dicen.

Encuentro al presidente Uriburu, que no duró mucho. La suya es una tumba mucho más modesta que la de Adolfo Alsina, ministro de la Guerra durante la Conquista del desierto (o la Guerra contra el Indio), e incluso que las de varios presidentes y mentores de las sociedades de todo tipo que florecieron en Buenos Aires en el siglo XIX y principios del siglo XX. La tumba de Evita se me escapa.

Un hombre que tiene literalmente un pie en la tumba asoma al verme pasar y me pregunta por ella. “No la he visto aún”, le digo intentando decidir si es un zombi, un abuelete que acicala la morada de sus muertos o un ladrón de tumbas. Que por acá abundan. “Soy guía, yo sí sé dónde está”. Me ve dudar apenas una fracción de segundo y vuelve a meterse en su madriguera refunfuñando algo incomprensible. Probablemente intenta huir del calor, como todos.

DSCF0150Empiezo a preguntarme si no se habrán robado a Evita. Las profanaciones de tumbas se han vuelto comunes en estos tiempos y, al fin y al cabo, hay objetos aquí que valdrían lo suyo en una de las tiendas de antigüedades que pueblan la ciudad. Además, seguro que su ataúd está en buen estado, ya que la embalsamaron en su día.

Me interno por un callejón donde las puertas abiertas de algunos enterramientos, los cristales rotos, las piedras machacadas dan cuenta de la actividad de los saqueadores… y del tiempo. De pronto un silbato rompe el silencio. El guardia nos llama al orden. Es hora de irse. Decenas de turistas acudimos a la llamada, enrojecidos por un sol de justicia, con cara de cierta confusión. Los muertos ríen. Lo noto a mis espaldas… Sus risas me siguen hasta la Avenida del 9 de Julio. Ahí está Evita. Cuando llego a la habitación del hotel veo que sigue mirándome desde las alturas. Un hueco en la pared apunta exactamente hacia su retrato.
image

Category: Viajar
You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed.Both comments and pings are currently closed.

Comments are closed.