Chau trabajo

Aunque el despertador sonaba a las ocho yo me levantaba media hora después: posponía la alarma una, dos, tres, cuatro veces. Me bañaba, me cepillaba los dientes y me vestía; tomaba un café con leche, comía dos tostadas, chusmeaba el diario. Si llovía, quería quedarme en la cama; si había sol, pasear en bicicleta. Todos los días por un milisegundo pensaba en faltar al trabajo.

Salir de casa, caminar dos cuadras, tomar el subte y, luego de veinticinco tediosos minutos de viaje, llegar al Microcentro porteño. Caminar otras dos cuadras, saludar al guardia del edificio, subir cuatro pisos en ascensor y ya estaba en la oficina. Entre papeles, computadora y charlas más alegres los viernes que los lunes, se hacían las seis de la tarde.

Así durante tres años, ocho meses y dieciséis días; o más o menos así, porque fuera del trabajo mi vida distaba mucho de ser rutinaria o aburrida. Pero ahora no quiero hablar de eso, primero porque no viene al caso, y segundo porque al fin llegó el día que tanto esperé: acabo de enviar mi telegrama de renuncia, lo que significa que estoy desempleada, es decir a un paso de comenzar mi aventura.

Alegría, euforia, alivio, vértigo, ansiedad. Y también un nudo en la garganta: aunque casi cuatro años de mi tiempo sobre este planeta se hayan evaporado en una oficina de estilo setentoso, con alfombras viejas y escasa luz natural, siento nostalgia, y por momentos escucho a María hablar por teléfono, a Mica reír por nada, a Ariel al prepararse un té.

De pronto estoy en el comedor: la selección de fútbol juega contra Suiza en el Mundial de Brasil, son los últimos minutos del segundo tiempo del alargue y el partido se definirá por penales. Cruzo los dedos, miro a Juli que se agarra la cabeza y a Vane que camina de un lado a otro; vuelvo la vista al televisor: Palacio, Messi, Di María y… ¡gol!

No sé si fuimos nosotros o el fútbol, pero si tuviera que elegir un instante, un solo recuerdo para guardar entre todos los momentos que pasé con mis compañeros de trabajo, sería ese. Gritos, saltos, abrazos, risas; la oficina un estadio de fútbol lleno de amigos.

Esta es, debo decirlo, la primera despedida en mis veintisiete años que no me sabe amarga, sino más bien lo contrario. Tengo el pulso más acelerado de lo normal, me transpiran un poco las manos, se me escapan risas, por momentos quisiera llorar. Hoy, primero de diciembre de dos mil quince, agradezco estar viva.

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Category: Viajar
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