Comida, baile y gatos.

Hora Local, 1:59 a.m

Mis planes para este día se fueron a las pailas por la lluvia. Considerando que es aún “verano” no está helado, pero si se instaló la lluvia por estos lares, lo que me hace preguntarme a que tendré que atenerme a este invierno si el clima actual se considera caribeño.

La idea de mi sábado tranquilo era salir a la calle, tomar muchas fotos, grabar un montón, y subirlas, pero, la lluvia mala onda no me dejó. Pero eso no me detuvo a quedarme en el apartamento, porque tenía cosas que hacer. Uno: ver si acaso podía pagar con la tarjeta de débito en el comercio regular y dos: comprarme un paraguas. Así que apenas paró la lluvia de amenazarnos, agarré una de las parkas más gigantes y bacanes de la historia y salí. Estoy contenta porque ya no me pierdo por el barrio como los tres primeros días y ya estoy familiarizada un poco más con lo macro de la ciudad, esto igual es un hecho importante para mí, porque creo que catalogo como una de las personas más desorientadas de la vida (no creo que sea un secreto pero, todavía no me sé algunos nombres de las —limitadas— calles de Linares).

Compré pesto en el supermercado, e insisto que es más rico el que comía en mi casa, con la albahaca fresquita y almendras y aceite de oliva. Uno empieza de a poco apreciar las ricuras que tenemos en el sur, especialmente en la séptima <3. También compré para el desayuno lo típico: yogurt y cereales de estos integrales. Me llevé una sorpresa cuando probé estas dos cosas, porque me di cuenta que si bien tenían sabor a yogurt y a cereal, como que no tienen mucha azúcar, de hecho, pareciera que no tuvieran nada de azúcar. Y quizá es porque me equivoqué en el supermercado en comprarlo o qué, pero es algo que es agradable de comer, que llena y nutre pero no es adictiva. Es igual el almuerzo, es rico y agradable, pero no es como “vamos por ese segundo plato”.

Yo creo que acá en Finlandia, Rosa hubiese admitido que sólo se comió media olla.

¿Le faltará lo poco saludable? ¿La cochiná? Casi no le echan sal a la comida, tienen muchas salsas que le ponen a todo, y algunas son ricas, otras son muy gourmet para mi paladar guachaca. Harta papita, arroz, pescado, y las típicas mezclas de verduras bien raras que se conocen en todos lados del mundo. Y para más remate, en su cultura no comen la lechuga con limón, espérate un rato, ¿qué? ¿Cómo? Si la ensalada, el limón y la sal son cosas básicas al comer. ¿O sea que los niños no comen limón partido a la mitad con sal en el verano? ¿Sabrá esta gente de las ciruelas verdes con sal? ¿Seremos tan salvajes? Muchas dudas me trae esta estadía.

***

Una cosa es ser ansiosa en Chile, sobre todo en los lugares que siempre con algún colapso de humanos, como en el banco, metro o en las filas del agua, y otra cosa es que no te funcione la tarjeta y estás en la caja del súper con todas esas cabezas rubias esperando y hablando un idioma el cual tu entiendes el 0.2% (moi: hola , moi moi: chao). Igual nadie pone caras y si ponen, son incluso más amables que el caracho de dos metros que le pongo a la gente cuando hacen las cosas o lento o mal.

Puedo sacar plata en el cajero automático, que fue una buenísima noticia porque estaba ya psicosiándome de la nada si acaso no podía, que iba a hacer si no podía, rollos mentales típicos de una persona preocupada, ya me veía contactando a mi ejecutiva del banco gritándole por whatsapp que por qué no me funcionaban las tarjetas y todo, pero no fue necesario, gracias al cielo nublado.

Si tengo internet en la casita, pero no tengo en el celu, porque la conexión viene por cable, a la antigua, y aunque no estoy al 100% desconectada, me siento a veces como Into the Wild, y pongo la canción Hard Sun en el mp3 mirando por la ventana y medito a caso qué estará pasando en Chile y sus políticos, cómo estarán las propagandas llenas de promos para el 18, Chile y sus teleseries turcas, brasileñas, Matriarcas y el chiquillo encachao que sale. Chile y sus días con sol, el recuerdo de Felipito, Chile y el cielo azulado, con volantines de decoración temporal. Chile y sus matinales, la Karen, el 24horas: la noticia roja, Chile y Luli, Chile y sus perros kiltros, Chile y el pitbull. Probablemente acá la lluvia usaría paraguas para no mojar a don Gary.

En los “bares” de Finli, o al menos al que yo fui, está esta regla en qué te tienes que sacar el abrigo dentro, te lo exigen, no tienes opción y por eso te cobran 2 euros. Lo encontré súper absurdo, supuse yo que es como el ticket de entrada. Al fin y al cabo es lucro, porque en invierno se hacen la América estos socios, si todo el mundo está envuelto en miles de capas para capear el frío.

Ya dentro, me llamó mucho la atención que hubiesen maquinitas tragamonedas, de hecho, en los supermercados también hay, al parecer les gusta harto el azar.

Ese mismo día tuvimos el honor de presenciar el baile de un finés: solo en la pista del baile, creo que sobrio, y bailando música más indie que bailable. El estereotipo que tenía en mi cabeza era que no bailaban, o que eran tiesos, uno piensa que los Europeos no bailan en general, pero este chiquillo cambió mi percepción. O sea, no tenía sabor, pero sí tenía ritmo y más que ritmo tenía como técnica, no se enojen pero cualquier día le gana a Rodrigo Díaz o en su defecto, a Pablo Vargas.

Otro día, cerca de nuestros departamentos, hay otro bar y ahí sí que quedó la embarrada: Ahí sí que los Finis estaban dados vueltas, doblados, upside down, ida y vuelta, muertos de curaos y aquí viene la gran diferencia: En Chile si alguien peca de una sobredosis de copetín, se queda en algún sillón tirado, con la barbilla tocándole el pecho y durmiendo bien piola. Pero acá es diferente, si bien puede que están raja, siguen andando, siguen caminando, siguen bailando, como los zombies de The Walking Dead. Y es en este precioso estado etílico en que los Finis se parecen a los latinos, y cantan fuerte y bailan raro y saltan. Cuando digo que bailan raro, es porque bailan raro, se tiran al piso, como en una especie de break dance (porque la música que había en ese momento era hip hop en Finlandés) y se mueven bien ridículamente, en el piso se arrastran, las minas con un fallido propósito de ser sensual mueven las caderas y sacan a bailar a otros hombres que son bien fríos y si no están entonados, ni pescan.

Valor.

Fue maravilloso, darme cuenta de estas pequeñas diferencias entres dos culturas totalmente opuestas me hacen sentir feliz.

Bueno, termino la nota diciendo que cuando vea a algún perro kiltro, le sacaré una foto y pediré un deseo, porque no he visto a ningún perrito sin su arnés ni su dueño. Y sólo he visto a un gato… también con arnés. No me fijé, si, quién andaba sacando a pasear a quién. De todas formas, la coquetona de la Nina que me espera (supongo) en casa debería pegarse con una piedra en el pecho porque nadie la obliga a salir a caminar y tiene libertad para dormir todo el día si se le da la real gana.

Category: Viajar
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