Crónica de una «Expedición» personal a los Picos de Europa (parte II) : Collado Jermoso

Publicado por José Javier Vidal

El despertador sonó a las siete. La muchacha del albergue se había comprometido a tenerme el desayuno preparado a las siete y media y estaría feo de mi parte aparecer más tarde. Además, mi intención era estar andando a las ocho. Me quedaban muchas horas de caminata por delante. Y en la montaña hay que contar siempre con un margen de seguridad. Esto lo sabe cualquier montañero. Allí arriba las circunstancias son cambiantes. Las condiciones meteorológicas, un camino equivocado, una lesión…Pueden pasar muchas cosas que desbaraten los planes. Y si algo de esto ocurre, mejor que sea con horas de luz por delante que con la noche encima, aunque sólo sea porque los miedos, como los duelos con el pan, con sol son menos.

El desayuno. Es la principal comida del montañero. Tiene que ser fuerte, sustancioso, rotundo. Hasta el final de la jornada en el refugio o vivaqueando, cuando se cena, el montañero, como decía el guía que fue mi “maestro”, no come sino que se “nutre”: frutos secos, alguna barrita energética y un poco de fruta. Son muchas horas haciendo ejercicio físico, y mental, gastando energía. Por eso hay que llenar bien el depósito. Pero es que además, en mi caso, el desayuno de montaña es todo un placer. El aroma del café recién hecho, la leche humeante, las confituras y las mermeladas, el pan tostado y la mantequilla, los cestos con magdalenas y bizcochos, el zumo de naranja, todo un festival de olores, colores y sabores despertando mis sentidos y abriéndolos a una jornada llena de sensaciones y descubrimientos. Lo único que eché en falta fue la animación de las conversaciones de montaña. Aquella mañana estaba solo en el albergue, así que tuve que desayunar acompañado únicamente de mis pensamientos y mi ilusión.

Con el cuerpo y el espíritu bien fortalecidos, empecé mi camino. Primero de Espinama a Fuente De, por la carretera, y después por el sendero que se introduce en la montaña y lleva hasta el refugio de Collado Jermoso, mi destino de la jornada. El sendero, tras atravesar el prado que se extiende bajo el cable del teleférico, comienza a trepar por las paredes de roca detrás de las que, orgullosas, se yerguen las primeras cumbres de los Picos. La mochila pesa, y tanto, pero es el principio del día y las fuerzas y las ganas todavía están intactas. Asciendo rápidamente por el camino zigzagueante, enlazando con placer las curvas que me llevan a un collado. Estoy subiendo por las “tornas de Liordes”. Así llama la gente del país a los caminos muy virados, como erse. A medida que gano altura, a mi espalda se va formando un espectáculo que no por habitual y muchas veces visto, deja de admirarme y emocionarme: un mar de nubes.

Mar de nubes

Mar de nubes

Habitual y muchas veces visto, sí, pero no en el valle. Aquí abajo las nubes no son mar, sino niebla; en las alturas, en cambio, son un espectáculo que la montaña regala a quien se decide a vivirla en una ascensión, por modesta que sea. A mis pies, un manto blanco cubre el valle de Liébana; sobre mí, un cielo de azul perfecto; en las orillas de ese mar, las nubes acarician las montañas que abrazan el valle; en el horizontes, grises, azuladas, violáceas, recortándose en el degradado del cielo, la Cordillera Cantábrica. La luz lo inunda todo. Silencio, belleza…Una poderosa sensación de libertad atraviesa todo mi espíritu. Las voces tranquilas y alegres de una familia –una pareja y su hija- me sacan de mi ensoñación. Suben por el mismo camino que yo. Nos saludamos. No queda mucho hasta el collado y continuamos juntos hasta allí. Se trata de una pareja de Santander amante de la montaña que ha sabido, o tenido la suerte, de inculcar su afición a su hija. Me cuentan que su idea es pasar dos o tres noches en un refugio que hay en la Vega de Liordes y subir desde allí a las cumbres circundantes. Me dan información valiosa –caminos, refugios, montañas- para próximas visitas a los Picos.

Entretenidos con la charla, llegamos en poco tiempo al Collado de Liordes. Me encantan los collados. A veces creo que incluso más que las propias cimas. Un collado es, ya se sabe, el paso de una vertiente a otra de una montaña, pero para mí los collados son algo más: una ventana y una puerta a otro mundo, al mundo magnífico, hermoso, misterioso, de las cumbres. Al llegar al collado se tiene sensación de logro, de haber alcanzado, si no la meta, si, al menos, un hito importante y necesario en el camino. Y la montaña nos hace en ellos otro de sus regalos: un valle que se abre a nuestra mirada, el descubrimiento de las cumbres que estaban más allá, el camino que sigue y se pierde en horizontes de libertad. Eso es lo que me encontré en el collado de Liordes. La Vega – un prado verdoso encajado entre montañas – y la sucesión de agujas y paredes calizas tras los que se ocultaba mi destino. El collado también es un reposo, el lugar en el que se descansa cuando se llega al fin de una etapa. Según el mapa, el de Liordes es idóneo para ese descanso porque tiene también una fuente. Así es, pero menos mal que la familia conocía su ubicación exacta, si no, hubiese sido imposible dar con ella. Por si alguna vez vais allí, una vez coronado el collado, hay que seguir andando unos metros en dirección a Collado Jermoso y, a continuación, descender a la izquierda buscando el cauce de una torrentera seca. Un pequeño montón de piedras apiladas señala el lugar en el que se encuentra el manantial.

La satisfacción de las necesidades más básicas: cuando se tiene frío, algo de abrigo; cuando calor, una sombra y una brisa; si se siente hambre, un bocado de fruta; si sed, sencillamente agua transparente y fresca. Ese es otro de los regalos que nos hace la montaña, recordarnos cuales son nuestras necesidades esenciales, las de verdad, y lo fácil que es satisfacerlas. Tenemos que agradecer a la naturaleza, decía Epicuro, que sea tan fácil conseguir lo necesario y difícil, lo innecesario. Confieso que aquí abajo, se me olvida con demasiada frecuencia. Los collados y las cumbres me ayudan a no olvidarlo.

Vega Liordes

Vega Liordes

La familia se quedaba allí, pero yo tenía que seguir mi camino. Volví a echarme la mochila a la espalda y a andar. En este tramo, el sendero al refugio de Collado Jermoso sigue siendo evidente (además, está balizado), pero ahora gana altura con menos rapidez y sin tanta curva. Es más aéreo –a un lado, una pared, al otro, un precipicio- y tiene algo de “subebaja”. Los minutos y los metros se suceden sin pausa, me cruzo de vez en cuando con algunos excursionistas, el carrusel de subidas y bajadas se acentúa en las “Colladinas”, tramo de barrancos que, sucediéndose unos a otros, hacen que el camino sea agotador. El cansancio y el calor -en el norte, menos, pero también hay verano- van haciendo mella, hasta que, por fin, desde una vuelta del camino se divisa el refugio. Unos minutos y unos pasos más y allí estaré. Cansado pero satisfecho llego a Collado Jermoso. He tardado algo más de lo previsto –siete horas de pateo- pero, aun así, con margen más que suficiente. Son las tres y tengo toda la tarde disponible. Hasta ahora, todo está saliendo conforme a lo planeado. Por la tarde, en cambio, la cosa se complicará un pelín y al día siguiente todavía un poco más. Tendré que poner en marcha el “plan B”. Porque todo montañero que se precie tiene que llevar siempre en su mochila un plan B.

Refugio de Collado Jermoso

Refugio de Collado Jermoso

Category: Lugares
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