Crónicas del gachi (IV): el soporífero verano linarense

El verano es la estación predilecta en buena parte del hemisferio norte. El sol, ausente casi todo el curso, hace acto de presencia durante un par de meses en los que la gente no cesa de celebrarlo. En Linares, en cambio, el verano es sinónimo de sopor, hastío y tedio. Un castigo periódico por haber nacido en una tierra soleada rodeada de buena gente.

A partir de las 11 de la mañana la temperatura ascenderá con brusquedad, superando fácilmente los 40ºC.  Trabajar, hacer deporte, estudiar y en definitiva, vivir, se vuelve harto complicado, de tal forma que el cansancio empieza a dar señales de vida cuando minutos antes ni siquiera suponía una preocupación.  Ante la dureza de las condiciones y el consecuente descenso de la productividad no son pocos los que optan por madrugar, si bien luego compensarán una acusada falta de sueño en la siesta.

Los horarios de trabajo y los locales están acondicionados para soportar las condiciones estivales, abriendo y cerrando sus puertas más tarde y equipándose con aparatos de refrigeración.  No así las personas, esclavas de su salud, ni mucho menos la vida cultural y social de la ciudad. Dar un paseo antes de las siete de la tarde supone casi un acto suicida. Si la gente se encierra en sus casas se debe a que el soporífero calor linarense, por defecto, te absorbe toda tu energía y vitalidad antes de emprender cualquier tipo de acción. En verano, los días linarenses se asemejan al tiempo de descuento de un partido que ya no puedes ganar: largos, fatigantes, desapasionados. Las tardes de piscina son la única alternativa en un escenario de aburrimiento contagioso y destructivo.

Por circunstancias de la vida, el tiempo libre escasea conforme te haces mayor. Conviene asumirlo, dado que no hay vuelta de hoja. De todas formas, no sirve de excusa, aún cuando no había nada que hacer, sobraba el dinero y faltaban responsabilidades, el calendario impedía quedar con amigos y conocidos tanto como hubieses querido. Y es que el periodo de vacaciones rara vez coinciden entre las distintas familias, a menos que se vayan juntas al mismo sitio.

Pero al caer la noche, el verano linarense muta, abandonando toda su perversa naturaleza. Refresca algo (no demasiado, siendo francos), lo suficiente para que la gente abandone sus cárceles y rompa la soledad juntándose en las terrazas de los bares. Las tapas, seña identitaria de nuestra ciudad, no solo acompañarán la bebida, sino que muy a menudo sustituirán a la cena. El tiempo ahora pasa más rápido, el tedio y el sopor se diluyen, poco a poco vuelven las conversaciones fluidas que versan sobre planes por hacer, anécdotas sin fecha de caducidad, la cada vez más rabiosa actualidad y todas esas pequeñas cosas que hacen aflorar la alegría en el rostro de la gente.

Típicas tapas linarenses. Foto via aleulinares.blogspot.fr

Mi gremio, el de los jóvenes, solía reunirse, vaso en mano, en la explanada de la vieja estación de Madrid. Con el tiempo el ejercicio fue bautizado como botellón, cuya terrible consecuencia fue la primacía del acto de emborracharse frente al de socializar. Varios años se juntaron gentes de toda clase y condición, en ocasiones irreconciliables. Tras la inauguración del nuevo recinto ferial, el botellón y su tropa hicieron las maletas. El nuevo espacio es más fresco, seguro (está vigilado y es necesario identificarse al entrar) y agradable, al pisar suelo embaldosado y no tierra. Además, toda esa gente que rinde culto a la violencia, el trapicheo y cualquier forma de exceso (esos mismos a los que algunos llaman chusma o gentuza)  desapareció de la zona sin casi dejar rastro. Y ahora, por ley, tampoco se vende alcohol a partir de medianoche. El botellón ya no es lo que era. Gracias a Dios.

Edificio de la antigua estación ferroviaria de Linares, cuyos alrededores acogían el botellón. Fotografía de Pedro Martínez Patón, via lagranhistoriadelinares.blogspot.com

Nuevo recinto ferial (y botellódromo) foto via http://www.linares28.es

Seguramente, la época estival no sea aquí muy distinta a la de cualquier ciudad cálida del interior. Mas, en Linares, siempre ha habido una particularidad a finales de agosto: la celebración de las fiestas de San Agustín, patrón de nuestra ciudad. En contra de lo que cabría suponer, la disminución de las horas de luz alarga los días. Sí, han leído bien. Primero, porque como ya he comentado, las noches duran más, y por tanto la vitalidad popular aumenta. Segundo, porque la gente suele, o solía, animarse a salir, gastar y a pasar el día por ahí, que es para lo que sirve la feria. Una feria, dicho sea de paso, lleva varios años de capa caída y parece que éste va a ir a peor. Ojalá me equivoque. En cualquier caso, allí nos veremos para comprobarlo.

Año 2010: entrada al Paseo de Linarejos, galardonado para la feria. Foto via elmundo.es

Category: Lugares
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