Dos caras para un mismo día

Parece mentira lo rápido que puede cambiar un día. 24 horas en las que puede pasar cualquier cosa y en las que el estado de ánimo puede pegar un altibajo tremendo o, sencillamente, las cosas que te iban saliendo mal, acaban siendo un éxito rotundo. Es lo que nos ha pasado hoy, básicamente. A modo de resumen, hoy hemos visitado, sin querer, una de esas típicas atracciones para turistas, un montón de monumentos prehistóricos y he terminado la tarde jugando a fútbol con unos niños muy simpáticos, mientras Clara se partía de risa.
Empezaremos por el principio. ¿Os acordáis de la habitación genial que tuvimos ayer? Pues cuando hemos querido ir a pedir para quedarnos un día más, resulta que ya estaba cogida por lo que nos han ofrecido otra un poco más cara pero que sin duda vale y mucho la pena ya que está en el jardín, tiene su propia terraza y es tipo ‘loft’. La mudanza, en este caso, ha sido rápida y alegre. Y nos ha animado todavía más descubrir que en el desayuno te ofrecen huevos revueltos, salchichas, bacon frito, un gofre relleno de mermelada y pan tostado ‘per empenyer’. La emoción, después de tantos días de fideos y de arroz -Que están buenísimos ¿eh?. pero un descanso no viene nada mal- ha sido como cuando Marco encontró a su mamá. Más o menos.
Pero el destino es muy puñetero y todo lo bueno que nos había dado hasta ese momento, lo ha tenido que equilibrar con una mala noticia. No es un drama pero trastoca importantemente nuestros planes mochileros. No hemos encontrado billete con litera para el tren nocturno a Chang Mai, nuestro próximo destino. Había billetes, sí, pero para asiento sencillo y con ventilador en lugar de aire acondicionado. Hemos decantado la opción ya que, a lo mejor, si me tiro doce horas sentado compartiendo vagón con un montón de gente más y sin aire, lo mismo me vuelvo loco y salto por la ventanilla. O empiezo a echar gente por ella para ganar espacio y tranquilidad. Me parece que no lo verían como algo muy sagrado ni nada de eso y probablemente se lo tomarían a malas, así que cambiamos de plan.
Igualmente mañana (viernes 24) dejaremos Ayuttaya pero en lugar de tren iremos en un bus nocturno que, según nos han asegurado, es VIP y tiene solamente 32 plazas. Vamos a estar allí unas 8 horas así que tendremos tiempo de pensar, escribir, dormir… Volver a pensar, volver a escribir y volver a dormir. Algo es algo.
Bueno. No contento con eso, el Kharma que según tengo entendido es el que equilibra lo bueno y lo malo en el universo, ‘s’ha passat de dolent’. Clara estaba muy ilusionada con el mercado flotante del lugar que, según decía la guía Lonly Planet (creo que se escribe así, está encima del escritorio pero me da mucha pereza ir a mirar para confirmarlo porque estoy cansado jeje), merecía la pena. Pues ha sido un truño. Un mojón. Una caca. Como prefiráis llamarlo. Estoy convencido de que he acabado con la misma sensación que tienen los guiris que se montan ilusionados en el tren que recorre las calles de Maó/Mahón/Mô/Magon etc cuando concluyen el trayecto. Una tomadura de pelo de las gigantes.
El lugar en cuestión era un río por el que ciertamente había tiendas y en el que te paseaban con una barca larga. El paseo, en circular, ha durado 10 minutos, y los comercios, lejos de ser artesanales con cosas interesantes, eran tiendas de souvenirs y demás, cargados de peluches de Pikachu, llaveros horteras, gorras todavía más horteras, camisetas a juego con las gorras (Con lemas como ‘I’m with stupid ->’) y japoneses. Lo bueno es que también había algunas paradas de comida con lo típico así como puestos con bollería más artesanal. Hemos comido arroz con pollo rebozado con coco y pollo hecho en sopa de coco con arroz. Ni frío ni calor. Luego hemos comprado unos bollos con una salsa para untar de color naranja similar al dulce de leche aunque seguro que con la mitad de calorías y un helado de coco con cacahuetes muy rico. Y claro, nos ha dado tiempo para hacer el tonto. O la morsa con palillos de comer, según se mire. 🙂
Por la tarde, todo ha sido genial Hemos pactado un paseo en ‘tuk-tuk’ (ese cacharro de tres ruedas malévolo conducido por un kamikaze) de dos horas por algunos de los más de tres mil monumentos históricos que tiene el lugar. En el que hacía 2.759 nos hemos cansado y hemos vuelto al hotel. Es coña.
La ciudad como os conté, se divide entre el centro histórico, que es una isla donde está el hotel y el exterior. Hoy hemos ido por el exterior, que están más alejados y mañana iremos por los del interior. Hemos visitado cinco: el Wat Phanan Choeng, el Wat Phuttai Sawsn, el Wat Chaiwatthanaram, el Wat Worachet Thep Bamrug y el Wat Choeng Tha. Ayuttaya fue la capital del imperio Sian y está repleta de restos históricos muy interesantes. Para que os hagáis una idea, lo nuestro con las Taules y las Navetas es una tontería comparado con la obsesión que tienen aquí por los pirulos de piedra y los budas dorados. ‘N’hi ha per tot’. Bueno, bromas a parte, el paisaje es precioso, sobre todo el de Chaiwatthanaram, que es enorme y parece un decorado de película (la foto en la que salimos los dos sentados en un ‘bitlu’). Ya podríamos proponer a Tailandia un intercambio cultural, nosotros enviamos unas cuantas Taulas y unas cuantas Navetas a cambio de un par de monasterios… Lo digo para mejorar la oferta, seguro que los dos salimos ganando. Me encargaré de negociarlo, a ver si cuela.

En el último templo, había unos chavales jugando a fútbol. De unos 11 años, 12 quizás. Me los he quedado mirando hipnotizado, recordando aquellas tardes en las que todo lo que importaba giraba en torno a un balón y donde simplemente se jugaba para disfrutar, no para ganar ni ser el mejor. Te lo pasabas en grande haciendo porterías con dos jerseys en el suelo y creyéndote jugador del Madrid o del Barça. Ahora es todo tan distinto. Los niños me han preguntado si quería jugar y la verdad es que me ha sorprendido. ‘No llevo el calzado adecuado’, he pensado mirándome las bambas de correr que son de suela mucho más gruesa y bastante incómodas para golpear el balón. ‘Pobre infeliz’, me he dicho, mientras veía como ellos jugaban con chanclas y zapatos -no eran ni bambas-.

No es que haya disfrutado, es que he sido feliz. Me han venido un montón de recuerdos a la cabeza, mientras Clara sonreía desde fuera. Me he dado cuenta de que era la primera vez que jugaba a fútbol desde que lo dejé, el pasado día 14 de diciembre. He recordado más que nunca a mi padre, cuando antes de cada partido, siendo niño, me decía “se te nota cuando juegas feliz y cuando juegas por obligación, cuando te diviertes jugando eres mucho más bueno y yo me lo paso mucho mejor, da igual que ganes o que pierdas”. Una vez me lo dijo después de perder 13 a 1 contra el Menorca en nuestro campo, el de la UD Mahón. Nuestro gol lo marqué yo, cuando ya íbamos 10 ó 11 a cero y lo celebré como nunca con todo el equipo porque no éramos buenos pero sin duda éramos los que mejor nos lo pasábamos. Ha sido tremendamente difícil contener las lágrimas. En fin…  
Lo que no he podido aguantar ha sido el calor. 15 minutos de corretear detrás de la pelotita y he acabado ‘xop de suor’. La humedad es brutal y eso que no estamos en la peor época. El viaje de vuelta al hotel con el ‘tuk tuk’ que por cierto lo conducía casi por intuición y medio ciego un heptagenario clavadito a Psy, el del cansino Gang Style, el aire y el olor a naturaleza me ha abrazado tan fuerte que por un momento he sentido a alguien más. Por cierto, Clara no me ha dejado que le pidiera al chófer que bailara el Gang Style para grabarlo en vídeo y mostrároslo… La culpa es suya.
Bueno, que me pongo y no paro y encima que nos dedicáis vuestro tiempo acompañándonos en la ruta os castigo con rollos y más rollos. Nos vamos a cenar y a tomar unas cervezas. Brindando por recordar, jamás por olvidar.
Besetes!
Category: Viajar
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