El alto precio de la espiritualidad

El día que fuimos al mercado Kishna y yo acordamos ir al templo Sikh que hay justo al lado al lunes siguiente. Yo estaba muy contenta porque por fin podía comprar verduras en un lugar de confianza sin tener que ir a Relliance que es un supermercado un poco neutro y sin personalidad (diría aséptico pero aquí en India ese concepto no tiene cabida).

Cualquiera que me conozca sabe que soy una persona DIURNA con mayúscula. Me encanta madrugar y aprovechar la mañana. Por eso le agradezco a la divina providencia tener una amiga india a la que nunca llegaré a superar en lo que a madrugones se refiere. Ella a las 04.40 ya está en pie. Es un poco absurdo pero siempre que me lo dice me acuerdo de Sánchez Dragó. ¿Kishna y Sánchez Dragó? ¿Sánchez Dragó y Kishna? Sí, se me quedó grabado algo que dijo en una entrevista, que se levantaba a las tres de la mañana más o menos para escribir. Y desde entonces siempre hago esa extraña relación mental que espero que Kishna jamás me tenga en cuenta porque sé que me quiere y yo a ella también.

A las 07.30 clavadas estaba yo como un palo en su puerta llamando al timbre. Aquí en India (o al menos en la urbanización donde yo vivo) puedes personalizar el timbre de la puerta. Eso es algo que tengo que hablar con el propietario de la casa porque si Kishna tiene una canción de anuncio indio, yo quiero ponerme el “Express yourself” de Madonna o el “Voglio verte danzare” de Franco Battiatto. Aún no lo he decidido.

Kishna me recibió en pijama siguiendo otra gran tradición india: quedar a una hora y posponer la cita a una hora y media más tarde sin previo aviso. Estaba preparando los lunchboxes (es como le llaman a los tuppers metálicos que se llevan al cole o al trabajo los miembros de la familia). Así que me fui a casa y seguí haciendo cosas hasta que llegase la nueva hora a la que habíamos quedado. Si queréis saber qué es un lunchbox os recomiendo que veáis la película de la que os dejo el tráiler aquí:

Cuando Kishna tocó mi timbre y salí la vi enfundada en un sharee de color fucsia precioso, toda ella muy arreglada con su mejor joyería. Algo debí haberme imaginado cuando la semana pasada le dije que iba a estar cuatro días sola en Bhuban-is-war. Ella esbozó una sonrisa y en su mente ya debía estar planeando un “girl-day-out” como la copa de un pino. Me preguntó si me gustaba su sharee. – Beautiful?- preguntó. – You look like an Indian princess, Kishna – contesté. Ella hizo una risita histérica y nos dirigimos hacia el parquing donde nos esperaba su coche.

Kishna con su saree fucsia

Kishna con su saree fucsia. La foto está tomada en Kedeargouri Temple, que es al segundo que fuimos de camino a casa.

Primero dejamos a sus hijos en la puerta del colegio. Sus hijos que calzan dieciocho añazos cada uno aún van vestidos con uniforme infantil de falda plisada (la chica) y pantalón corto (el chico) y calcetines blancos hasta las rodillas. Después sin yo saberlo y pensando que íbamos al mercado y al templo Sikh, nos dirigimos a otro lugar. A uno que Kishna había pensado y del que yo no tenía ni idea de su existencia. Se trabtaba del templo de Dhauligiri: budista, enorme y lo más importante cuando vives en este país, tranquilo y silencioso.

Las vistas desde el templo

Las vistas desde el templo

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Cuando llegamos dejamos los zapatos y nos dispusimos a subir las escaleras que llevaban a la entrada del templo. Primero pudimos ver el budista, que es el que podéis ver en unas imágenes un poco más abajo y que parece un observatorio. Después pasamos al templo hindú donde nos recibieron unos señores que entiendo que debían ser gurús o algo parecido (Kishna no pudo explicármelo en inglés) que nos hacían dar la vuelta a los altares de los dioses que allí había. Me recordó un poco a las grandes iglesias y catedrales donde hay varios santos a los que poner una vela. Los gurús nos impusieron sus manos y nos preguntaron el nombre de la madre, el marido y los hijos si los teníamos para desearles suerte, salud y fortuna.

Kishna pidiendo por Sudeshna, su hija

Kishna pidiendo por Sudeshna, su hija

 

Cuando me tocó a mí me preguntó por el nombre de mi madre y empezó a rezar por ella. Luego el de mi pareja y empezó a rezar por él. Cuando me preguntó si tenía hijos y le dije que no descubrí por qué motivo (entre muchos otros) soy atea. Me preguntó si quería tenerlos. Y le dije que sí. En ese momento empezó a recitar una plegaria muy larga y muy rápida de la que deduje que estaba pidiéndole a los dioses que la providencia me llenara de bebés. PA-RA-NO-I-A. Yo intenté pararle y decirle que sí quería, pero que ahora no, bla, bla, bla… Que si no podía pedirle a los dioses que sí tuviera hijos pero un poco más tarde, que ahora no era el momento y tal, que en la India no sabía si era oportuno, bla, bla, bla… Ni me entendió y ni me escuchó. Inmediatamente después me dio lo que podéis ver en la siguiente foto. Me dijo que no se lo podía dar a nadie y que tenía que guardarlo toda la vida.  Yo ya me quedé con un runrún obsesivo en mi cabeza pensando que o ya estaba embarazada o que me iba a quedar preñada solo con ver al primer indio que viese antes de llegar a casa. Y es que yo creo en dios como cuando veo “Cuarto Milenio”, que me lo creo todo y luego por la noche no hay quien duerma.

El amuleto provida

El amuleto provida

A esa PARANOIA número 1 tenemos que sumarle la PARANOIA número 2 que llegó cuando en uno de los altares después de pedir por no sé qué porque yo ya había perdido la cuenta, un señor me hizo comer una hoja. Yo miré a Kishna para pedir su aprobación. Bueno, a decir verdad,  yo miré a Kishna varias veces para pedirle su aprobación porque pensé que era algo alucinógeno y eso era lo único que me faltaba aquí. En un templo que parece algo entre un observatorio astral y un extraterrestre, que me voy a quedar embarazada ya y que estoy tomando alguna hoja de un hongo extraño…

Kishna con Dhaulagiri de fondo

Kishna con Dhaulagiri de fondo

 

Así que puedo darme por contenta. Pidieron por todo lo que tenían que pedir, que incluso pedí por vosotros. De hecho pidieron tanto que me dejé una pasta allí con la consecuente bronca de Kishna que me dijo que nunca más les diese tanto dinero, que como mucho 11 rupias (15 céntimos de euro). Yo pregunté que por qué 11 y no 10. Me dijo que era otro número santo. Y es que al final me voy a tener que ir apuntando todas estas cosas si es que quiero ser una persona verdaderamente espiritual. Eso y comprarme un buena leche limpiadora y un buen tónico porque así es como acabé después de tanto pedir. Si ya lo decía mi abuela cuando era pequeña, que a mí la boca me la hizo un fraile.

 

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Aquí podéis ver un video del exterior de Dhauligiri donde se aprecian sus dimensiones y sus esculturas.

Category: Lugares
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