Estambul: una ciudad, dos continentes


En la esquina del hostel, con una lata llena de monedas y un cartel que en inglés dice que son refugiados sirios, tres niños sucios, despeinados, con remeras agujereadas y zapatillas rotas venden flores, saltan, cantan y juegan. Un anciano con bastón les da un billete, y corren felices hacia un puesto callejero para comprar choclos asados a un tipo que conversa con un africano que vende relojes, anteojos y carteras, según él, Michael Kors, Ray Ban y Louis Vuitton.

Camino unos metros y llego a Istiklal, la famosa peatonal de Estambul, donde las veinticuatro horas del día son hora pico. Locales, turistas, jóvenes, viejos, hombres y mujeres circulan a un ritmo frenético, y se detienen de vez en cuando para comprar un café en Starbucks, una hamburguesa en McDonald’s o mirar las vidrieras de H&M, Mango, Adidas y Zara. Entre las multitudes que caminan apuradas hay mendigos y borrachos tirados en el suelo, jóvenes que invitan a turistas a bares a puertas cerradas con dudosas intenciones, y hombres que venden mejillones con limón en bolsas de papel para comer al paso.

La peatonal de Istiklal, repleta de gente 24/7

Un mendigo y su gato

Camino rápido, contagiada por la aceleración general, y en pocos minutos llego a Galata, el barrio bohemio y cool de Estambul. Hípsters atienden locales de diseño, punks venden instrumentos musicales, hippies hacen artesanías, y los turistas sacamos fotos. Aunque en las calles hay más hombres que mujeres, las turcas de Galata se ven desprejuiciadas y libres: usan minifaldas y chupines apretados, están maquilladas, coquetean, fuman tabaco, beben alcohol, compran ropa y ríen a carcajadas.

El barrio de Galata

Más tarde llego al Bósforo, el estrecho de Estambul que separa la parte europea de la parte asiática de Turquía. En el puente que cruza el Bósforo hay pescadores, vendedores ambulantes y hombres que apuestan una lira (algo así como treinta centavos de euro) por patear una pelota y derribar tres latas de Coca Cola. Apuesto una lira en honor a Messi y al género femenino, rodeada de turcos que se ríen y esperan que suceda lo que al fin sucedió: que al patear la pelota no haya derribado ni una lata.

Pescadores en el puente

El puente que atraviesa el Bósforo de noche visto desde la torre de Galata

Tras los quinientos metros del puente que atraviesa el Bósforo, aunque sigo en Estambul, ya no estoy en Europa sino en Asia. De golpe hay mezquitas por todos lados, y mujeres cubiertas de pies a cabeza con holgados trajes negros caminan despacio y en silencio detrás de sus esposos como una sombra. De estas mujeres no puedo evitar mirar los ojos, lo único que tienen al descubierto, y me pregunto cómo será la vida bajo una burka. Cuando cruzamos miradas, para esconder mi asombro les regalo una sonrisa que jamás me enteraré de si fue devuelta o no.

Mujeres musulmanas 

Dos mujeres que visten burka y su marido (las seguí durante un tiempo y siempre se mantuvieron un paso atrás de él)

En la parte asiática hay menos mujeres en las calles y más hombres que me miran de una forma que no me deja dudas de que juego de visitante. Los baños públicos ya no tienen inodoros sino letrinas, hay gatos por todos lados; escucho rezos por altoparlantes y ni una sola palabra en inglés. Me cubro la cabeza, me saco los zapatos y me refugio en una mezquita: aunque estoy en viaje hace más de una semana, me siento lejos de casa por primera vez.

Uno de los miles de gatos que vi en la parte asiática

Una mezquita y un atardecer como pocos

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Category: Viajar
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