Eterna condena

Algunas personas nacemos con un incómodo problema.

O quizá nos lo inculcan. Quién sabe. No sé en qué momento me interiorizaron esta extraña condición, el caso es que no sé si blasfemar o dar las gracias.

Este problema no tiene un nombre específico ni una solución en concreto. Pero se trata de esa extraña manía de encontrar la felicidad en lo pasajero, en lo cambiante, en lo inseguro. Y no me refiero al odioso y malgastado carpe diem, sino a encontrar la emoción en el miedo, el romanticismo en la soledad y el hogar en el viaje. En amar la trama más que el desenlace, como dice Drexler. 

Lo que es intolerable es que la melancolía me alimente y el presente me dé hambre. Es intolerable que me llene más coger un autobús en mitad de la noche, en soledad y en un país desconocido, que los últimos planes con conocidos. 

Cómo es posible, me pregunto, que añore mi casa en el extranjero y añore el extranjero cuando estoy en mi casa. Que siempre es más atractivo lo que está al otro lado, lo que no tengo en las manos, lo que viaja en el otro vagón. Supongo que algún día esta condena me será levantada. Que se me pasará. Que dejaré de ser feliz durante el viaje para serlo cuando llego al destino, y no al revés. Que dejaré de esbozar una sonrisa cada vez que miro a alguien a quien no debería mirar… porque si no es conveniente, está prohibido o no procede, es para mí.

Porque sigo andando del revés y se me sube la sangre a la flaqueza y me flaquea la cabeza. 

Y eso hace que me alegre cuando empieza a llover y me desilusione cuando sale el sol. Y encontrar el placer en el sufrimiento y que estar triste me haga poeta y ser poeta me haga controlar la situación, que son mis palabras. Y controlar mis palabras me da tranquilidad y por eso confundo la tranquilidad con la tristeza, aunque poco se parezcan. 

Yo supongo que todo esto se desvanecerá con el paso y peso de los años, aunque me desconcierta conocer a personas como yo que me doblan la edad y personas de mi edad que nada tienen que ver conmigo; que están en paz cuando están en casa, cuando cruzan siempre por el mismo paso de cebra. 

Estoy cumpliendo la condena de amar el desorden, de encontrar acogedora una mochila, de confundir DNI con tarjeta de embarque; de viajar del ‘jamás’ al ‘qué sé yo’, como dice Páez. De siempre estar soñando: en invierno con el sol, con las nubes en verano, como dice Fito. De amar lo que perdí y querer lo que envenena, como dice Leiva…  Y así nunca nos salen las cuentas, claro.

No me salen las cuentas.

Menos mal que en días empiezo a coger aviones durante tres meses para encontrar un poco la calma y reorganizar mi vida. 

Cómo será eso posible, digo, que desarraigarme me dé raíces y no volar me haga crecer las alas. 

Parece mentira eso de funcionar como un reloj de arena: la eternidad es mía sólo si me doy la vuelta. 

Category: Viajar
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