Hasta luego, Bangkok. !Hola, Ayuttaya¡

Bangkok, en su despedida, nos ha dejado el mejor sabor de boca. No solo porque ha desaparecido ese extraño hedor que se ha adueñado de la mayoría de las calles de la ciudad sino porque hemos disfrutado de la que será una de las mejores experiencias de todo el viaje: Una clase de cocina tailandesa con seis platos tradicionales. La verdad es que no solo hemos disfrutado comiéndonos lo que hemos preparado sino que también ha sido genial pasear por un mercado tradicional acompañados de nuestro ‘chef’ y elegir nosotros mismos los ingredientes que íbamos a utilizar. Os explico por partes.
Nun, un chaval refinado tailandés nos ha hecho de guía por el supermercado donde hemos cogido productos frescos para las recetas. El curso de algo más de tres horas y seis platos nos ha costado 1.000 baths a cada uno, lo que incluía los ingredientes. En nuestro grupo -había dos- hemos sido cinco. Clara, una madre de familia australiana y yo, que éramos los novatos, una francesa que era su segundo curso y un malasio que cumplía su tercer curso y, con ello, ha obtenido un diploma de cocina Thai.
El primer plato que hemos preparado ha sido Pad Thai o lo que es lo mismo, noodles (tallarines) fritos con gamba, frutos secos, soja, huevo y una salsa muy sabrosa. Es el plato típico que se puede comprar en las paradas callejeras y que está muy bueno. El profesor me ha visto con cara rara con lo de las gambas y me lo ha cambiado por pollo. Una vez cocinado, cada uno se ha comido su plato y, encima, lo he hecho con palillos así que ha sido genial “perquè no n’hi ha hagut per tot”.
El curso ha sido muy ameno, el profesor iba explicando detalles de cada plato y de cada ingrediente y además nos ha servido como una excelente clase de inglés. Con TIL o sin TIL, no lo tengo muy claro, pero a diferencia, nos ha enseñado a partir de un elemento motivador que ha sido capaz de captar toda nuestra atención y, por lo tanto, ha funcionado.
El segundo plato ha sido el más sencillo. Hemos cogido coco natural rallado (nos lo han rallado con una máquina en el mismo mercado), y hemos hecho leche de coco. Se toma la fruta, se empapa en agua, se exprime con todas las fuerzas recogiendo el jugo en otro bol. Se repite la operación tres veces. Hemos pelado unas bananas, las hemos rebozado con una pasta dulce y más tarde las hemos freido en aceite. El jugo de coco se utiliza parte para hacer el curry y otra parte se guarda en el congelador para hacer helado de coco (DE VERDAD QUE ESTÁ TREMENDO!!).
El tercer plato ha sido rollitos de primavera con salsa agridulce. Me ha sorprendido desvelar uno de los misterios de la existencia humana. El primero es qué hay después de la muerte, el segundo es cuantos años tiene de verdad la Duquesa de Alba y el tercero es el de los rollitos. Pues bien, todo consiste en coliflor cortada muy fina, soja, un tipo de champiñon muy gelatinoso y morado y fideos. Todo bien cortado, bien aliñado y envuelto en papel de arroz, creo. Para que se cierre el rollito se utiliza una mezcla de tapioca y agua que resulta muy pegajosa. Por supuesto, estaban de escándalo.
El cuarto plato ha sido un curry rojo. La verdad es que mi preferido es el amarillo. Dicen que no hay mucha diferencia en el sabor pero una vez que lo has preparado lo ves todo distinto. El rojo consiste en varios tipos de chilis, unos más picantes y otros más dulces, entre otras cosas como especias, machacados con ajo, cebolla y demás. Todo se sofríe en un wok con la leche de coco, el pollo, los cacahuetes, bolitas de cardamomo blanco, un par de trozos de patatas y tomates. Lo hemos acompañado de arroz blanco pegajoso (un tipo de arroz que se prepara sin cocer -creemos- que se deja una noche en agua y se hincha solo). Estaba bueno pero soy más partidario del curry amarillo.
El último plato ha sido una ensalada de papaya con zanahoria y soja donde el secreto es la vinagreta que hace que apenas sepa como debe la papaya. Es el plato que me ha sorprendido más del curso y me lo he zampado a conciencia.
Han sido tres horas que nos han pasado volando y una experiencia que recordaremos toda la vida porque  íbamos un poco desconfiados y hemos disfrutado como enanos.
Luego ha sido el momento de despedirse de Bangkok aunque ha sido con un ‘hasta luego’. Hemos salido rumbo a Ayuttaya, al norte de la capital tailandesa, en un tren destartalado pero que solamente ha tardado unas dos horas. El paisaje es muy verde y abundan los arrozales. No hay ‘parets seques’ no parece que el terreno esté delimitado. En algunos tramos el tren pasaba rozando chabolas en las que la gente no parecía triste, al contrario, como si aquello no fuera con ellos. La verdad es que ya son varias las veces a lo largo del viaje que me encuentro con personas que se contentan con aquello que tienen que aunque sea poco ya es mucho más de lo que tienen otras personas más desafortunadas. Y nosotros quejándonos por nimieces.
Ayuttaya es un pueblo por el que pasan varios ríos y uno de ellos es tan ancho que hay una isla en medio. Con tanta agua es fácil imaginarse lo verde que está todo. Evidentemente nuestro hotel está en esa isla y como somos mochileros caprichosos hemos pagado un poquito más para disfrutar de un hotel que es sencillamente una pasada. Se trata de una casa de estilo tai reconvertida en hotel pero con muchos espacios abiertos. Tiene piscina y un patio maravilloso que da a una de las zonas más anchas del río. Parece un spa y puede que en lugar de un día, nos quedemos dos porque se está muy cómodo.
El motivo de que nos hayamos parado aquí de camino a Chiang Mai es porque esta ciudad está repleta de templos de la época de Siam, Ayuttaya fue capital del reino – Recordadlo porque creo que es una pregunta de Trivial y os puede suponer un quesito- y tienen miles de años. Hemos llegado a media tarde y ya estaban cerrados pero como el hotel tiene servicio de bicicletas gratis hemos ido a dar una vuelta por la zona mientras el sol caía y… ¿qué queréis que os diga? Las palabras se quedan cortas para describir lo bonito que ha sido. Mañana si que haremos un tour completo de templos y luego recompondremos fuerzas en la piscina y el jacuzzi… Ah si, claro… Que se me había olvidado comentar lo del jacuzzi. Pues eso.
En realidad mal, lo que se dice mal, no estamos. Podría estar mucho peor pero el encanto del lugar (que no huele como a Bangkok) hace que te relajes y fluyas en el ambiente. Y fluir, si se fluye en un jacuzzi o en una terraza con vistas al río mientras van pasando los barcos, se fluye mejor. Sin más…
Besetes!
Category: Viajar
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