Los días con Sara: Jueves, 31 de Julio

La gente como yo se convierte en una sonrisa con patas. Es la forma más barata de afrontar la vida. No es necesario tener nada que reprocharle a la vida para que uno sienta la necesidad de reprocharle cualquier pequeñez. Pero tarde o temprano uno se da cuenta de que con una sonrisa los reproches le vienen de más y la sonrisa se convierte en su forma de vida y se vuelve contagiosa y se refleja en los ojos de los demás y vuelve a uno potenciada mil veces. Y así la vida se convierte en un eterno chiste de nuca acabar donde sólo cabe sonreír o salirse de ella. Pero esto no siempre es así; hay veces en las que es mucho más fuerte y la sonrisa se vuelve risa sincera y los ojos se entrecierran y dejan caer lágrimas de felicidad. Y no es casual; es totalmente provocado por una felicidad suprema. Es algo así como estar enamorado, pero sin el “algo así como”.

—Buenos días, ojazos.

Despertarte así, pensando en unos ojos preciosos que nunca tuviste y que probablemente jamás tengas entre los brazos es un tanto contradictorio. Es bonito en cuanto a ilusorio; es frustrante en cuanto a irreal.

—Buenos días, bombón.

Son las nueve de la mañana y ya estoy de pie a pesar de haberme ido a dormir a las tantas. Es extraño el poder de un recuerdo, su bravura y su espontaneidad que nos escupe de la cama con el ímpetu de un ciclón. Son unos ojos verde azulados, son unos labios rojos, es un culo de escándalo, un vestidito corto y alegre o unas manos suaves todo lo necesario para poner patas arriba el mundo de una persona.

—Me voy a la playa, ¿te vienes?

—En seguida. Dame unos diez minutos y estoy ahí.

—¿Tantos?

—Tarragona está a cuatro horas de Gandía, ¿Sabes? Yo logro comprimirlo en diez minutos, pero en menos ya no. Ansias, que eres una ansias.

—Demasiado me parece a mí. Tonto, que eres un tonto. De todos modos no eres capaz.

—No me tientes, Sara.

—Vale. No he dicho absolutamente nada.

Claro que sería capaz y ella lo sabe. Y en el fondo le abrume saber que soy capaz y le asusta a la vez que le guste que lo sea. La situación entera es fresca y nueva y huele a virgen y a impoluto. Es todo inocente y dulce de respirar y nos acojono a los dos por igual. Es un continuo querer y no poder por parte de los dos. O eso es lo que me pasa a mí y me encantaría que a ella también.

—¿Recuerdas que me preguntaste en el Pub que si lo dejaría todo y me iría a cualquier lugar por trabajo?

—Sí. También recuerdo que titubeaste.

—Cierto. Era una pregunta difícil y su respuesta dependería de muchas cosas. Pero en principio sí; me iría.

—Es una pregunta que me suele desvelar mucho de la gente. Pero en tu caso era extrapolable a “¿lo dejarías todo y te vendrías conmigo”? Sólo que tú no lo pillaste.

—Te equivocas; lo pillé a la perfección. Pero desvié el tema en seguida. Nos sobraba gente aquella noche.

—Y nos faltaba tiempo.

—Exacto. Ojalá…

—No es momento de lamentarse. Tendremos todo el tiempo del mundo y una soledad exquisita para conocernos.

Reímos y recordamos el poco tiempo que estuvimos juntos. La primera noche: los nervios de unos ojos de vidrio penetrante; la segunda noche: el atrevimiento y aquella caricia en su moflete; la tercera noche: las horas y horas de conversación y de perdernos el uno en el otro. Y luego vinieron los “me pusiste nerviosa y se me desencajó el mundo entero” y los “¿y por qué no dijiste nada?” y los “pues porque tengo pareja y no se lo merece”.

—Ahora mismo es todo un jaleo este berenjenal en el que sin buscarlo hemos ido a parar.

—Demasiado, Ibra, demasiado.

—Me gustaría irme ahora mismo a Gandia, y plantarte un beso. Luego pienso que tienes pareja y se me hace un lío la cabeza. Luego te recuerdo mirándome y sonriendo como una idiota y se me hace un lío aún más grande…

Y es que es así todo de incierto y de acojonante. Es tal, que no sé si quiero reír, si quiero gritar o quiero salir a correr hora y media y llegar a casa tan cansado que sólo me quede irme a dormir y evadirme de todo, hasta de ser feliz.

—Hablo con él y le digo que no me apetece ir a tal sitio, que preferiría quedarme en casa con él. ¿Y qué me respondo? Que no venga, que nadie me obliga… Eso por un lado. Luego por el otro apareces tú hablando así como hablas y drogándome de sonrisas y suspiro… y claro, yo me pierdo… ¿Qué estamos haciendo aquí? No es normal que una persona a la que conozco de dos días esté dispuesta a tanto por mí, y que mi pareja de dos años no esté dispuesta a nada.

—Mira Sara, vamos a ser sinceros. Tú tienes pareja y ante todo lo quieres y quieres que las cosas vuelvan a estar bien. Y es legítimo. Yo por mi parte, que soy un poco niño e idiota a partes iguales, haría mil tonterías por verte sonreír. Pero no por ti, sino por mí, porque me encanta tu sonrisa. Por otro lado, tú eres de donde eres y tu pareja lo es también, y claro, la comodidad no es la misma. No es lo mismo “en 15 minutos estoy ahí”, que “llego en 3 horas”. Y tú ahora mismo estarás sopesando los pros y los contarás de cada uno de nosotros. Y a él ya le conoces y has sido feliz con él, ¿por qué no lo iba a volver a ser? Y a mí no me conoces de nada y no sabes si sabré hacerte feliz… Y es todo un lío. Sin tener en cuentas que justo ahora, que a ti te invaden estas mil y una dudas tontas, aparece un chico que dice muchas cosas bonitas que tampoco sabes si serán ciertas o tan sólo son un chorro estúpido de palabras vacías, mientras tu pareja no se esfuerza demasiado en reconquistarte cada día. Y mientras tanto; yo aquí sin ti ahora mismo.

—No lo hubiera podido expresar mejor.

—Las cosas están así. Y muy tristemente no te puedo aconsejar en nada porque haga o diga lo que sea, será para que te decidas por mí. Ante todo, quiero que decidas lo que decidas pienses solamente en ti y qué te hará feliz.

—Hacia ti todo son contras. Estas lejos y además te conozco de dos días… ¿Quién me garantiza a mí que dejarlo todo y salir corriendo tras de ti repercutirá en mi felicidad?

—¿Quién te garantiza a ti que el hecho de que él esté cerca sea sinónimo de que está de verdad a tu lado? ¿Quién te garantiza a ti que dos años son más que dos días para conocer a alguien? ¿Quién te garantiza que no tocar nada y dejarlo todo tal como está acabará por hacerte feliz?

—Cállate; no digas ni una palabra más.

Odio que me interrumpa así, con un cállate. Es odioso pero a la vez me hace sonreír porque sé de sobra que es ese tipo de “cállate” en el que una persona interrumpe el discurso de otra con un beso. Es un “cállate” de “me pones nerviosa”. Es un “cállate” de “me estás haciendo la cabeza un lío y yo ya tengo suficiente lío en la cabeza desde la no-che que te vi atravesar la puerta del Pub”.

Category: Viajar
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