Mi música – @relojbarro

Un fuerte dolor de cabeza me invade, por lo que dejo a oscuras el comedor, me pongo los auriculares, busco una lista de bandas sonoras para que me acompañe mientras estoy tumbado en el sofá; necesito viajar dónde la música quiera llevarme.

John Barry, Memorias de África. Voy pilotando una avioneta con ella detrás, con sus ojos cerrados, con la sonrisa en sus labios, que delatan una libertad recuperada tras casi olvidarla. Doy una pirueta, ella grita de júbilo y su pañuelo azul se suelta de su cuello y sale volando, se ríe, es feliz, soy feliz.

Edith Piaf, La vie en rose. Paris 1946, un cabaret, sombreros, cigarrillos, risas, Champagne y ella en un vestido negro largo, una ciudad en reconstrucción, besos furtivos y nosotros bailando solos entre multitud.

Suena una canción épica. Llego montado en mi caballo a una aldea devastada, ceniza humeante, busco con la mirada llena de rabia y lágrimas, desesperado, tratando de controlar un grito que crece incontrolado, pero que un nudo en mi garganta impide escapar, hasta que al fin veo a mi hijo entre escombros y con su cara entre mis manos lloro sin consuelo, hasta que abre los ojos, y siento como que nunca podré parar de llorar de fortuna, siento renacer al notar latir su corazón, el color vuelve a inundarlo todo, y el sonido y la vida vuelve a él, vuelve a mí.

Clint Mansell, Requiem for a dream me sobrecoge. Han pasado dos meses desde el accidente de coche en el que ella murió. He repasado cada minuto de aquella noche que discutimos por mi culpa en un restaurante y decidimos volver a casa. Recuerdo ir en el coche y conseguir hacerla sonreír al fin un instante, ella soltando el cinturón para besarme justo un segundo antes de que un camión nos embista y ella impacte contra el cristal delantero. Pienso en su sonrisa justo antes de trazar recta una curva, me precipito con el coche, voy a buscarla.

Comienzan a sonar truenos, una lluvia torrencial acompasa una suave melodía, nos pilla en medio de un campo mientras paseamos, me quito la chaqueta para intentar cubrirla, pero en segundos estamos empapados. Su fino vestido delinea su cuerpo, mi camisa se funde en mi piel, no nos importa, me besa y entro en calor a través de sus ardientes labios mientras nos abrazamos. Somos un solo ser, la lluvia es testigo.

Hanz Zimmer, Time de Origen. Paseamos por una playa cogidos de la mano, rememorando instantes de toda una vida, como si el tiempo no hubiera pasado para nosotros, pero sabiendo que nuestro tiempo llega a su fin y, aún así, sentimos que le hemos ganado la partida al tiempo, que el viaje más largo que hacemos es el de la vida y, juntos, llegamos a destino.

Pienso, pienso y pienso, una y otra vez pienso, en todas las películas que podemos protagonizar, las aventuras que depara la vida, las luchas que quedan por compartir, villanos a los que vencer, pensando que existe un mundo entre ambos que nos pertenece y al que, poco a poco, vamos ganando. Existe un mundo en el que ella es mi heroína, yo su héroe…un mundo en el que la música nunca para de sonar alrededor nuestro.

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Category: Viajar
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