Ricitos de oro

Tengo sed. Abro la nevera, me giro y veo una cabeza llena de ricitos con una sonrisa preciosa detrás de mí.

– ¿Quieres una cerveza? – Le pregunto.

– Bueno, si me obligas…

Ahí iniciamos una conversación no-convencional. No nos preguntamos a que nos dedicábamos para ganarnos la vida ni que habíamos estudiado. Simplemente, estuvimos bromeando y riendo.

No coincidimos hasta la noche siguiente. Yo acababa de salir de la ducha y estaba muerta de cansancio después de un día de ruta y mucho calor. No pensaba mover mi cuerpo del sofá del hostal, pero me equivocaba.

Estaba sentada cerca suyo mientras me contaba sus viajes (¡Maldita sea! Me hace soñar con sus relatos.), cuando nos hicieron la propuesta “tranquila” de ir a ver un grupo de música que tocaba en un local de por ahí. Regresamos con la luz del día.

Si duermes poco pero te despiertas feliz, vale la pena, pensé a la mañana siguiente mientras caminábamos cerca de la playa.

Me encanta tomar fotografías de los lugares donde estoy, pero sinceramente, las mejores fotos que conservo de esos días son las miradas de complicidad capturadas en la memoria.

 

Category: Viajar
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