Sin aire en el ‘conventillo’

El sofocante calor que ahoga Buenos Aires estos días parece concentrado en la habitación del hostal. Ni la ventana que da al patio ni el enorme y ruidoso ventilador consiguen mitigarlo. No ayuda la estructura de esta antigua casona de la oligarquía porteña del siglo XIX reconvertida en ‘conventillo’. Una de tantas pensiones destinadas a los millones de inmigrantes que llegaron de Europa y de las zonas rurales del país a principios de la centuria siguiente1, cuando el futuro de la Argentina era tan brillante como su nombre.

Sólo en los primeros quince años del siglo pasado arribaron a sus costas 3,5 millones de personas, duplicando la población total del país. El conventillo era un segundo paso tras su llegada. Antes pasaban por albergues provisionales, algunos llegaron a alojar a 2500 personas.

Mientras espero a que caiga la tarde para tomar algo en algún bar o taberna de las muchas que pueblan hoy el barrio de San Telmo, intento hacerme una idea de cómo debía de ser la vida en este cuartito. Son apenas dos metros por dos y entonces no se concebía como habitación individual. “El hacinamiento era lo normal -el promedio de personas era cercano a tres, y con frecuencia una familia entera ocupaba el pequeño cuarto en el que se dormía, se comía y aún se trabajaba- así como la suciedad y las precarias condiciones sanitarias. Por otra parte, la renta que se pagaba consumía, según los datos disponibles alrededor de un tercio del salario de un trabajador cualificado”, describen J. Saborido y L. Privitellio en su ‘Breve historia de la Argentina’ (Alianza, 2006).

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El hospedaje de hoy conserva aún los elementos decorativos de la primera mansión en la primera planta, que probablemente se destinó a algún tipo de actividad comercial como era habitual. En los cuartitos no queda nada, pero es que tampoco cabía mucho. En todo el edificio habría una cocina a compartir y un sanitario.

Así era en un conventillo cercano, hoy reconvertido en “sitio idea”. El Zanjón de Granados surge por la primera intervención arqueológica y de recuperación realizada en Buenos Aires por la iniciativa privada. Bajo los restos de esta casona se encontraron además, restos de la fundación de Buenos Aires (la segunda y definitiva, por Juan de Garay).

La mansión fue abandonada por sus dueños poco antes de las epidemias de cólera y fiebre amarilla que asolaron la capital Argentina. Esta última acabó con la vida del 8% de la población porteña en 1871. San Telmo fue una zona especialmente afectada, era un barrio insalubre, cruzado por ríos que descargaban en el Paraná los desperdicios de una ciudad en constante crecimiento. Y eso que en esta casa había una gran cisterna que recogía el agua de lluvia y la mantenía limpia gracias a la laboriosa acción de… las tortugas.

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Esas epidemias llevaron a todas las grandes familias del barrio a hacer lo propio y alejarse de la orilla del río (entonces muy cercano) a zonas menos expuestas. En prevención de nuevas epidemias el gobierno de la ciudad ordenó cerrar túneles y cisternas y puso en marcha un precario sistema de suministro de agua potable y de cloacas.

Hoy se siente el calor, la falta de luz y un envejecido sistema de aguas sucias. Pero los turistas tenemos el tiempo para admirar la bella factura de la casa, repasar su historia y el dinero suficiente como para salir a tomar algo fresquito para paliar la sed.

Imagino a una mujer de mi edad hace cien años en este mismo cuarto, una tarde como esta. Probablemente está zurciendo ropas con algún bebé a su lado llorando por el calor y las picaduras de mosquito, quizás por el hambre y el humo de la cocina y del humo de las decenas de hombres que habitaban el resto de la casa. Otros dos o tres críos peleándose insoportables. Los demás callejeando o trabajando ya. ¿Tuvo algún día tiempo la mujer que probablemente habitó aquí un siglo atrás para pensar en que alguien pudiera pensarla en su mismo rincón? ¿Qué habría hecho de verme aquí tirada quejándome del calor?

Category: Viajar
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