Sin paz en La Paz

Hace unos días conocí a una rosarina que, como yo, renunció a su trabajo para viajar por el mundo. Mientras tomábamos mates amargos en una vereda le confesé que desde hace tiempo me cuesta escribir. Estar sola, lejos de casa, libre de horarios y obligaciones, me pone reflexiva, y además me frustra no saber de qué escribir. Cuando le dije que pensé abandonar la escritura, que mi blog fuera sólo de fotos y hasta mandar todo al carajo me dijo que debía ser genuina y escribir sin presiones sobre lo que me pasa.

En la Paz ahora son las dos de la mañana, el cielo está despejado y la temperatura es de cuatro grados. Mis compañeros de cuarto duermen y yo estoy sentada en la cama con una vela, un lápiz negro y mi cuaderno. Sólo se escucha el ruido de un inodoro que pierde y el de mi lápiz mientras escribo. No sé si es lunes, martes o jueves, ni si es quince, diecinueve o veintidós de marzo, pero sé que estoy en Bolivia hace casi dos meses porque ya no sufro de apunamiento ni de dolores de panza, y porque sé cuánto sale una libra de fideos, una bandeja de salchipapas y una bolsa de jabón en polvo.

En menos de dos meses acá me pasaron más cosas que en un año en Buenos Aires. Fingí ser periodista en los Carnavales de Oruro, conocí el Salar de Uyuni inundado, visité la mina de Cerro Rico en Potosí, vi a Evo Morales en La Paz. Caminé once días seguidos por la selva bajo la lluvia, recorrí a pie treinta kilómetros por la Ruta de la Muerte, acompañé a una mujer a denunciar a su marido por violencia de género y estuve en el Consulado argentino y en la Oficina de Migraciones boliviana para regularizar mi situación legal.

También me hospedé en la casa de una familia afroboliviana en las yungas. Con David y Máxima, mis anfitriones, coseché hojas de coca, probé charqui con mote, aprendí leyendas y escuché saya, una de las máximas expresiones folklóricas de la comunidad africana en Bolivia. Dormí sobre una bolsa de acopio de trigo, fui atacada por mosquitos asesinos y sostuve un perro mientras le curaban en el lomo una herida llena de gusanos del tamaño de una pera.

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Conocí anarquistas, socialistas, liberales; campesinos, playeros, bichos de ciudad; gente que tiene todo o que no tiene nada, que nunca salió de su pueblo y otra que viaja cuando puede, gitanos del siglo veintiuno: un venezolano que recorrió seis mil quinientos kilómetros con su guitarra, un canadiense que desde hace cuatro meses viaja por Bolivia con su jubilación, y una familia europea que espera terminar de dar la vuelta al mundo el próximo año: los padres trabajan en la red y sus hijos rinden exámenes libres cada año.

Y conocí a una chica boliviana y a Bruno el mismo día. La chica a la que no le pregunté el nombre y que tenía unos jeans Levi´s y los labios pintados de rojo rubí, estudia en Europa pero visita Bolivia cinco veces al año y recomienda a todo el que venga a La Paz visitar Factory, un restaurante de hamburguesas. Bruno, de veinticinco años, trabaja de lustrabotas y vive en el Alto; llevaba el rostro cubierto porque su trabajo no está bien visto, una gorra para protegerse del sol y zapatillas gastadas; me dijo que antes de irme de La Paz debo leer Hormigón Armado, el diario fundado en dos mil cinco por los lustrabotas para ayudar a los niños y jóvenes de la calle.

Pero, en especial, tuve momentos de soledad para recordar mi historia, preguntarme quién soy y hacer ciertos duelos; para pensar en las cosas que me pasaron para que hoy esté acá, en lo que dejé en Buenos Aires y en lo que traje conmigo; para extrañar que mi mamá cocine empanadas fritas de carne, que mi papá me proponga de ver juntos un programa de televisión sobre gente que compra casas en Alaska, que mis hermanas insistan para comer comida china con mis sobrinos y que mis amigas vengan a casa a tomar una cerveza en el balcón.

Después de un mes y medio fuera de casa sufrí mi primera crisis viajera en La Paz. Estuve diez días acá, me fui una semana a Coroico y volví sin saber qué me pasaba. Hasta que hoy, mientras miraba un reloj con los números invertidos y las agujas  al revés, lo entendí: por primera vez soy libre de cuestionar las normas y decidir qué hacer, pero a la vez tengo por delante el gran desafío de aprender a estar conmigo. Aunque al parecer todavía no sé estar sola, al pensar en esto se me escapó una sonrisa.  

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Category: Viajar
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