Soy lo que soy

“¡Digan whisky!” y en ese momento mi cara se transformaba, los dientes se me juntaban hasta doler la mandíbula, la cabeza se torcía a unos cuarenta y cinco grados, y ahí estaba yo arruinando otra vez más una foto familiar. De chica era haciendo caras, más de grande era cerrando los ojos sin querer, inclusive cuando no había flash.  ¿Será que ya estaba en mi destino estar del otro lado de la cámara?

Llegué a Buenos Aires unos meses después de la crisis del 2001. Había viajado el año anterior a Sudáfrica por un intercambio y pensaba sólo en una carrera que me permitiera nuevamente viajar; así que estudié relaciones internacionales.

Amé perderme caminando por los “cien barrios porteños” hasta sentir que ya no necesitaba preguntar por calles y me convertía en una porteña más: Porteña con gusto a chipá y tonada norteña.

Mi tiempo transcurría entre el departamento semi vacío de dos ambientes en el barrio de Belgrano, fotocopias de textos de Hannah Arent,  Eric Hobsbawm y los paseos culturales por bares under donde proyectaban alguna película o muestra de fotos. Mis mejores amigos eran una diseñadora colombiana y un francés traductor y buscavidas, con las cuales compartía interés por el cine coreano y las fiestas llenas de “personajillos” extranjeros.

A veces la ciudad no me dejaba pensar. Pasaron diez años en Buenos Aires y casi un año en Perú para descubrir que mi verdadero lugar era desde la fotografía.

Hoy ante la posibilidad de cualquier viaje, lo primero que preparo es mi cámara y todos sus accesorios. Después viene la ropa y todo lo demás. El viaje en sí pasa a un segundo plano, lo más importante para mi es tener limpia la mirada para poder transmitir lo que voy a observar a través del lente, mi ventana al mundo.

Category: Viajar
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