Un amigo viajero como el Flaco.

Escribo esto después de casi cuatro años. Un poco porque las cosas cambiaron y otro para pedirle disculpas al Flaco. Con él viaje por Europa en 2012.

Al Flaco lo tendría que haber conocido en la montaña, alrededor de un fuego, o tomando agua de un pozo. Y no desde la ventana de mi vecino, en mi ex barrio de Palermo promediando el año 2006.

Primero lo conocí al Enano, al Tano y a Sabina un sábado mientras barría en mi departamento. El Tano se asomó desde su ventana, nos dijimos hola y construimos una amistad que todavía perdura. Mi departamento fue la extensión del de ellos, y así. Imagínense que tenían que cerrar sus ventanas porque a mi me hacía corriente y se me volaba todo. Mis cosas allá. Las de ellos conmigo. Sus bancos acá. Mis vasos allá. Mis amigos con ellos, los suyos en casa.

El Flaco era amigo de los tres hermanos. Con él planeamos el viaje a Europa. Yo venía de estudiar Historia del Arte. Quería ver lo que por años sólo se me presentaba en imágenes, fotos y videos. El Flaco silencioso, había viajado muchísimo. Pero mucho de verdad. Por lugares que entonces no despertaban un interés real en mí. El Flaco nunca decía nada. O lo que decía tenía el tono del humor y el sarcasmo, entonces yo no le daba importancia. Error.

Llegamos a Madrid con lluvia en marzo de 2012  y volveríamos de allí a Buenos Aires, un mes después. Viajamos por España, Francia, Holanda, Alemania, Bélgica, República Checa, Austria e Italia. Caminé como jamás en mi vida; y no lo volveré a hacer. Entramos a todos los museos. Recorrimos todos los cascos históricos de todas las ciudades. Nos perdimos donde nadie se pierde: en Brujas, por la insistencia de querer conocer más edificios, más museos, más historia, más Datos quién: ¿Quién te pregunto? Aunque fue ahí, en Brujas, donde tuve mi primera experiencia extrasensorial, paranormal, supranatural o como quieras llamarle. Acá te la cuento.

El Flaco caminaba conmigo. Iba lento. Un paso difícil de esclarecer; podría ser el tranco de quién escruta todo lo que hay a su alrededor. Pero también la manifestación de quién no está a gusto con el paseo. Tiene un paso desgarbado. Como si la caminata le resultara un problema. Lo cual es una paradoja: no existe otra persona con más espíritu que el Flaco. Es el que dice siempre que sí. El que acompaña. El que va, cueste lo que cueste, sea donde fuere.

Él no decía nada. Me seguía como si yo fuera un nene caprichoso y él un padre complaciente. Así caminamos como locos. A Roma la visitamos a pie durante cuatro días. Desde la mañana temprano, hasta bien entrada la noche. Nos habían recomendado un recorrido por la ciudad en cuatro niveles: casco histórico, fuentes, iglesias y Vaticano. Lo aceptamos como quien acepta lo irremediable.  ¿Cómo no hacerlo? Si para eso estábamos: para inundarnos de historia.  El Flaco, en su estado de clandestinidad, a veces se les escapaba un: ¿te parece? Sí, claro que me parece, Flaco. Y seguíamos, a través de la inercia más poderosa.

Llegamos a Mónaco en tren, cuando ya comenzábamos a despedirnos de Europa. Teníamos el peso de las mochilas que había crecido considerablemente desde nuestra partida en Buenos Aires. No había lockers donde poder dejarlas. Caminamos la ciudad con las mochilas encima. Subimos y bajamos extenuados del peso irresponsable. Mónaco es una ciudad que a simple vista parece hermosa. Después de un rato lo sigue siendo, pero cada vez en menor medida. Hay un nivel de vida que, particularmente, me pone nervioso. Posiblemente el mismo nerviosismo que experimenté en Dubai. Sin embargo en Mónaco nos encontramos con otra cosa. Montaña, mar azul y un contraste de colores increíbles.

Entonces el flaco recuperó el color de la cara y le cruzó el rostro una sonrisa pispireta. No por el efecto del sol ni por un chiste ocurrente: se acordó de sus viajes anteriores y se preguntó, primero en voz baja, como si el recuerdo de sus viajes anteriores descendiera de la montaña en la que tanto tiempo pasó y le diera una cachetada: ¿Qué hacés? ¿Cómo vas a viajar así? Y cuando sintió que la mejilla se ponía roja y caliente del golpe sensorial, me lo preguntó a mí. Entre otras cosas me hizo saber que acabábamos de hacer una locura. Una estupidez. Atravesar nueve países en un mes. Entrar y salir de museos como estudiantes en una salida de campo. Recorrer Europa a través de la experiencia de otros.

Yo pensé en las charlas que habíamos tenido mientras viajábamos de una ciudad a otra en tren. Él me contaba de sus viajes de mochila por Latinoamérica: de cuando vivió en ecuador, de cuando estuvo en aquél volcán, en esa selva y en el refugio de aquella montaña.

Ahora, después de mucho tiempo, caigo en la cuenta de que lo escuché con desatención. El Flaco me decía que le gustaba mucho más viajar por lugares donde la naturaleza fuera el principal escenario. Y yo pensaba en Masaccio, Giotto, en el Guernica y en la casa de Franz Kafka. Y le decía: sacame una foto acá, al lado del Moises. El flaco me sacó diez fotos, las diez movidas, con un flash que parecían fuegos artificiales, fuera de foco, todas unas porquerías. Él nunca me decía: ¿me sacás una foto acá, al lado de este hilito de agua? ¿me sacás acá, al lado de este pedacito de cielo? No le importaba la foto. El Flaco estaba ansioso por llegar a un lugar donde poder vincularse. Silencioso me acompañó por ese derrotero que es descubrir las grandes capitales del mundo.

Antes dije que no disfruté ese viaje. En realidad no sé si lo dije. Pero es algo que todo el tiempo me lo pregunto. No es una pregunta sobre Europa. Si no sobre la manera en que viajamos. Y me parece que me fui de boca. Lo cierto es que sí lo disfruté. Pero también es cierto que hubiera hecho un viaje completamente diferente de haber tenido la sabiduría de escuchar al Flaco. Me movió, paradójicamente, lo estático. Lo eterno. Lo inmaculado. Lo inamovible y, fundamentalmente, lo preestablecido.

Lo bueno de viajar es que uno aprende sobre la marcha. Y  mejor aún: aprender te empuja a volver. Y volver implica ser otro. Y cuando sos otro, el lugar es otro, la gente es otra, y todo es diferente. Y si es diferente, quiere decir que es nuevo. Y si es nuevo, ahí tenés la primera vez. Y las primeras veces tiene más energía que cualquier otra cosa.

Category: Viajar
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