Un tour en camello, una cerveza fría y dormir bajo un millón de estrellas. ¿Qué más se puede pedir?

El desierto es maravilloso cuando cae la noche.

El desierto es maravilloso cuando cae la noche.

La primera estrella fugaz que cayó coincidió con los primeros tragos de la cerveza más buena que recuerdo. No porque la marca fuera la mejor, Kingfish, sino porque llegó tras más de seis horas de paseo a camello con sus consiguientes seis horas al sol deambulando por el desierto del Thar, en el noroeste de India. Con la primera estrella fugaz pensé que el alcohol estaba haciendo estragos cuando apareció la segunda. Luego la tercera seguida de la cuarta… y así, hasta perder la cuenta. He cumplido uno de los sueños de mi vida, dormir en un desierto para comprobar que a este planeta le iría la mar de bien sin los seres humanos. La naturaleza es sabia y guarda algunos tesoros que, sencillamente, no tienen precio. Aunque no todo ha sido bonito en estos dos días.

La salida del sol, al poco de empezar el tour. Excelentes vistas para un desayuno.

La salida del sol, al poco de empezar el tour. Excelentes vistas para un desayuno.

El tour con camello que contratamos empezó sobre las 6:30 de la mañana del sábado desayunando ya en el desierto con la salida del sol. Fue un espectáculo precioso a la par que rápido ya que apenas duró un minuto y el sol ya se podía observar completamente. Nos estamos acostumbrando a beber Chai Masala, el té típico de aquí que se toma muy caliente, a pesar de que el termómetro esté flirteando constantemente con los 40 grados a la sombra. Tostadas, mermelada y, cómo no, huevos duros, completaron una comilona que nos dio energía para aguantar un día que se hizo realmente largo.

Clara compartiendo intimidades con su camello, Tiger.

Clara compartiendo intimidades con su camello, Tiger.

Lo de montar en camello es una experiencia distinta, una de esas cosas que haces una o quizás dos veces en la vida porque cuando lo pruebas descubres lo incómodo que es. El animal tiene un andar lento, cansino pero firme además de un carácter afable que te permite acariciarlo. Tiene el pelo corto pero no tanto como los caballos, aunque siempre les acompaña un enjambre de moscas algo molestas.

Compartiendo mesa con Shir y Omry, una pareja de Israel.

Compartiendo mesa con Shir y Omry, una pareja de Israel.

Hicimos unas dos horas del tirón a lomos de estos animales más acostumbrados a vivir en el desierto que nosotros, los urbanitas de la gran ciudad. Además de los guías, creo que un padre y sus dos hijos, compartimos experiencia con una pareja de Israel, Shir y Omry. Él lleva siete meses viajando mientras que ella cuatro. Ambos, por el sudeste asiático. Fueron muy simpáticos desde el primer momento a pesar de la diferencia de edad, nosotros merodeando los 30 (los cumplo en un par de días, el 21 para ser exactos) y ellos apenas 19.

A mediamañana del primer día paramos en un estanque para que los camellos bebieran.

A mediamañana del primer día paramos en un estanque para que los camellos bebieran.

El viaje ha servido para que practicásemos mucho y constantemente nuestro inglés, además de intercambiar opiniones sobre otros países, recomendaciones y cosas así. Una de las mejores cosas que tienes cuando viajas como mochilero o mochileros es que te vas encontrando gente que te puede explicar cosas que tú quieres hacer mucho mejor que una guía.

El guía y uno de sus hijos, preparando el almuerzo.

El guía y uno de sus hijos, preparando el almuerzo.

A las 11, cuando el sol ya empezaba a picar de forma escandalosa, paramos en una zona con algo de vegetación y echamos una siesta bajo un árbol mientras los guías preparaban la comida. Tomamos una especie de curry de verduras, arroz y chapati, además de unos snacks con forma de macarrón. De hecho, Shir y yo los vimos al poco de empezar y nos dijimos: “Fantástico, en algún momento comeremos pasta!”. Ni por asombro, eran como unas patatas fritas aunque estaban muy buenas.

Snacks fritos que nos parecieron macarrones.

Snacks fritos que nos parecieron macarrones.

Tras la comida la estampa era bastante singular. Todos estábamos durmiendo en el suelo sobre unas esterillas a la sombra de un gran árbol mientras que los camellos campaban libremente por allí. Fue un momento de mucha paz y tranquilidad, una de esas cosas que cuesta de explicar porque las disfrutas intensamente.

El desierto del Thar tiene zonas muy rocosas, no es el clásico tan arenoso.

El desierto del Thar tiene zonas muy rocosas, no es el clásico tan arenoso.

Volver a subir al camello para hacer el tramo de la tarde fue difícil porque las piernas duelen un montón, sobretodo en la zona de los isquiotibiales y el culo. Parece muy divertido, y lo es, pero volver a ponerse en marcha con un sol que todavía suelta latigazos resulta muy duro. Aún así, tras un paseo de dos horas llegamos a las dunas donde íbamos a pasar la noche. Durante el camino el hijo menor del guía cogió un par de sandías y melones que crecen por el desierto y estaban buenas pero les faltaba algo de frescura. De hecho, mi botella de agua estaba tan caliente que creo que el té que me tomé por la mañana parecía un helado en comparación.

Detalle de uno de los camellos.

Detalle de uno de los camellos.

En las dunas se unieron una pareja de ingleses que habían contratado una excursión más corta que no incluía dormir allí. También vinieron un grupo de indios bastante ruidosos pero que afortunadamente se largaron poco después de la puesta de sol. Resulta emocionante ver como cae el sol porque el terreno es plano y parece como si se estrellase contra el suelo.

En las dunas pudimos jugar a tirarnos y fue muy divertido.

En las dunas pudimos jugar a tirarnos y fue muy divertido.

Tras cenar arroz, dahl (un curry de lentejas), algo de patatas y un poco de puding de arroz, fue el momento de darse cuenta de lo privilegiados que somos. Abrimos una cerveza, insisto, la mejor que me he tomado, mientras iba oscureciendo, la charla giraba en torno a muchos temas y la Vía Láctea iba destapándose por momentos. Es increible. Nunca he visto tantas estrellas. Y cuando parecía que nada podía mejorar la situación empezaron a caer estrellas fugaces por todo. Fue de película. Sin duda, un sueño hecho realidad. Hay cosas que el dinero no puede comprar como la sensación de que estás en un lugar mágico y de sentirte un afortunado. Cierto que pagas por contratar la sensación pero luego tú tienes que ser capaz de conectar con la naturaleza, ser uno más que no altere el ecosistema que allí impera.

El anochecer también dio para algunas fotos muy bonitas.

El anochecer también dio para algunas fotos muy bonitas.

El tiempo fue pasando hasta que nos quedamos los cuatro en lo alto de una duna donde elegimos que íbamos a dormir. Estuvimos mirando las estrellas, charlando de nuestras cosas como si nos conociésemos de toda la vida y, de verdad, nos dimos cuenta de lo privilegiados que fuimos. Al ir a dormir, por una vez en la vida, pudimos cambiar lo de contar ovejas por contar estrellas fugaces. Creo que son más eficaces, o al menos funcionan de fábula ligadas al cansancio acumulado.

La noche fue un tanto complicada. No deja de ser un desierto con sus bichos y demás animales. Cada vez que encendíamos la luz un ejército de saltamontes curiosos nos acechaban y las esterillas y las mantas suponían un escondite perfecto para algunos escarabajos. En mitad de la noche nos despertó el ruido de una pelea de perros salvajes así como la visita de uno de los camellos. De las ocho horas que dormimos aproximadamente, solamente me desperté en tres ocasiones. Mejor que dormir en la playa. Y sin mosquitos.

La mañana siguiente fue complicada. Las piernas dolían lo suyo y el cansancio, a pesar de haber dormido, tiñó el mundo de un tono pesimista. Sin saber si podríamos aguantar el tute de hora y media de camello antes de cambiarlo por el jeep, desayunamos mientras el sol salía y nos recordaba que todo aquello que habíamos vivido no era un sueño, era una realidad.

Poco a poco los músculos se fueron desperezando y el dolor se hizo soportable. El sol iba picando cada vez más hasta que dejamos los camellos. Una pareja de sudafricanos contrató un tour todavía más corto que incluía la salida del sol, una excursión de una hora y media en camello y luego el jeep.

Imagen de la ciudad abandonada de Kahbah.

Imagen de la ciudad abandonada de Khabha.

Los seis más el guía fuimos a visitar el Khabha Fort, un fuerte que protege un poblado con una leyenda bastante mística. Se ve que el maharajá del lugar y el brahaman de Khabha estaban enamorados de la misma chica y ésta se decidió por el segundo. A la mañana siguiente todos los habitantes del pueblo habían desaparecido y nunca más se supo de ellos. Supongo que algunos corazones rotos son difíciles de curar y más cuando estás forrado de dinero y no tienes ningún escrúpulo.

El oásis no tuvo nada de especial.

El oásis no tuvo nada de especial.

Tras el fuerte visitamos un oasis que no tuvo mucho de especial. Está siendo uno de los años más secos en la India que se recuerdan y esto afecta a los estanques de agua. Da mucha lástima pero imaginamos que la situación va a mejorar. Tras llegar de nuevo a Jaisalmer, la compañía nos dio una habitación a cada pareja para que nos duchásemos y descansásemos hasta la hora del tren. Aprovechamos además para ir a un restaurante italiano a pegarnos un homenaje que sin duda completa una de las mejores experiencias de nuestras vidas.

Namaste!

Category: Viajar
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