Vacaciones en Suiza (parte 2) – Iffigensee o el lago que no llega nunca

Hoy Mateo no ha querido dormir la siesta pues se ha quedado dormido todo el camino de vuelta de Ikea, que es bastante largo, y al llegar a casa se ha despertado así que no sé cuánto tiempo podré escribir.

Ayer terminé de contaros las excursiones del lunes así que seguiré con el martes. Weather Underground pronosticaba sol por lo que hicimos una excursión por la montaña. La ruta comenzaba en el parking de Iffigenalp, donde hay un pequeño restaurante, y desde allí subía un camino precioso y solitario hasta el lago Iffigsee. No era muy largo, aproximadamente una hora, y el primer tramo era bastante suave. Aún así las protestas comenzaron enseguida. Además, había vacas y caballos sueltos por todas partes por lo que Adri iba bastante agobiada. Hubo un momento en el que las vacas estaban sentadas en mitad del camino y tuvimos que pasar junto a ellas. Adri se agarró a mi mano y casi me la rompe de lo nerviosa que se puso. Pero los pobres animales no nos hicieron nada, solo comer y dormir, por lo que pudimos seguir tranquilamente. Mateo las llamaba desde su sillita “vacas, holaaaa” y Adri le mandaba callar, no fueran a contestar y a venirse con nosotros! El segundo tramo se hizo más empinado y el coro de protestas aumentó considerablemente en intesidad y ruido. Gabi recorrió esta última parte del camino retrasado y con el ceño fruncido. “Ojalá no existiera esta estúpida montaña!” Murmuraba entre dientes.

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Adri también protestó bastante y Jaime la iba engañando: “El lago está justo detrás de esta cuesta.” “Sólo faltan cinco minutos.” La pobre ya no podía más pero aún así no protestó demasiado y lo llevó bastante bien. Cayetano, que es un montañero, iba y venía y no sentía cansancio alguno. Yo, tengo que reconocerlo, también estaba cansada pues la mochila pesaba y tirar de Gabi es agotador. Finalmente dimos con el lago, escondido tras un macizo de roca impresionante.

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Allí comimos unos bocadillos y descansamos un poco aunque como Mateo había ido todo el camino en la mochila estaba fresco como una lechuga y no nos dejó sentarnos ni un minuto. Aún así disfrutamos mucho del silencio de la montaña y de lo maravillosa que es la naturaleza. Al cabo de un rato comenzamos el descenso. La bajada se hizo más llevadera. Adri pudo comprobar que las vacas se habían ido por lo que bajó tranquila. Cayetano se torció un tobillo y el pobre tuvo que bajar cojeando. Menos mal que no se hizo nada, solo la torcedura, y lo aguantó muy bien. Gabi, a pesar de ser cuesta abajo, también protestó pero al final del camino se fue metiendo en los charcos por lo que estuvo muy entretenido. Justo cuando llegábamos al restaurante vimos que el camino estaba rodeado de vacas y caballos sueltos. Adri se agarró a mi de un salto y no se subió en mis hombros de milagro. Cayetano también se acercó y Jaime sujetó a Gabi. Caminabamos despacio para no asustarlos porque, también tengo que reconocerlo, había muchos animales juntos y nos imponían un poco, la verdad. En ese momento un caballo empieza a trotar justo detrás de Jaime y comienzó a seguirlos. Gabi echó a correr y comenzó a reirse con esa risa nerviosa que da el canguele. Jaime aceleró el paso, también algo asustado aunque no quiera reconocerlo, pues el caballo estaba justo detrás de ellos. A cualquier amante de los caballos no le habría dado miedo pero nosotros, totalmente de ciudad, no estamos acostumbrados y nos entró bastante cague. Mientras Mateo gritaba desde la mochila “caballooooo, holaaaa”. Caminamos delante muy deprisa y otro caballo también se puso en marcha. No sabíamos donde meternos porque ambos lados del camino estaban repletos de vacas. En ese momento el caballo adelantó a Jaime y se acercó a nosotros. Nos echamos a un lado, junto a las vacas. La pobre Adri no sabía qué hacer y detrás de nosotros se escuchaba “oto caballo, holaaaa”. Menos mal ambos pasaron de largo que si no a Adri le da algo.

Cuando llegamos al coche tuvimos que esperar veinte minutos. La carretera de bajada es tan estrecha que sólo cabe un coche por lo que las bajadas y subidas y el trayecto del autobús está dividido en tramos horarios. Sólo puedes bajar durante el primer cuarto de hora de cualquier hora del día desde las 7.00 hasta las 20.00, el resto del tiempo es para el autobús y para los que suben. Ese ratito en el parking estuvo genial. Nos quitamos las botas y nos sentamos en el suelo a descansar. Me encanta la sensación de estar cansada después de haber hecho ejercicio, es un cansancio sano.

Mateo se ha portado muy bien, los cacharritos que hemos comprado en Ikea han cumplido perfectamente con su misión. Mañana más!

Category: Viajar
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