Ventana de nubes

Son poco más de las 7 de la mañana, los resquicios de luz que se cuelan por la ventana dan la bienvenida al nuevo día, y a su vez, acompañan a los que han optado por dormitar. De hecho, ahora que me doy cuenta, soy la única persona despierta en mi vecindario temporal de tres habitantes, y por lo tanto, la única que está contemplando las vistas de esta pequeña casa: una carretera de nubes que dibuja el camino hacia la ciudad de destino: Amsterdam.

ventana2Pasados esos pequeños nervios iniciales antes de despegar, soy de las que me gusta mirar por la ventana y perder la vista en el horizonte. Los metros de altura que ahora mismo me separan de una tierra firme daría vértigo hasta a la persona más intrépida. Te sientes grande y pequeño al mismo tiempo; el gigante que se cree invencible por poder ver todo desde una perspectiva más amplia, se convierte en el famoso personaje de cuento Pulgarcito cuando se compara con la inmensidad infinita que lo envuelve. No obstante, esta dualidad de sensaciones queda en el olvido cuando dejas envolver tus pensamientos por ese mar de nubes que desde pequeña siempre me ha recordado a un gran colchón de algodón, o según como se mire, a  un conjunto de obras de arte esculpidas en el cielo. Si a ese regalo que haces a la vista le sumas un papel y boli, consigues la pócima perfecta para delegar en las palabras las ansias de llegar al nuevo destino.

Las nubes se van quedando arriba y la tierra ya empieza a ser perceptible para el ojo humano. Tal y como informa el piloto, estamos iniciando el descenso, así que ha llegado el momento de guardarlo todo y comenzar a fabricar la caja de aventuras y experiencias de origen holandés. ¡Goedemorgen Amsterdam!

*Escrito el 5 de septiembre desde una ventana de nubes que hizo volar las palabras hasta este rincón.

Category: Viajar
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