Viajar es relativizar

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Viajar es un verbo de un solo significado y miles de reacciones. Y cuando llega el verano, una buena parte de los mortales nos damos a practicar ese verbo. Viajar es vivir, es experimentar, es aprender de otras culturas y aprender de nosotros mismos. Cuando viajamos salimos de nuestra zona de confort –hay quién se arriesga más y hay quién menos- para abrirnos a conocer nuevos lugares, costumbres, personas. Para compartir espacio con aquellos que queremos. Para relajarnos y amar lo que olvidamos el resto del año.

Viajar es un verbo que todos deberíamos practicar, pero ya sabemos que no siempre es posible. No siempre hay tiempo, economía o libertad para hacerlo, pero a la mínima que pudiéramos, deberíamos activar. Porque si algo he aprendido en mi último recorrido por este mundo nuestro es que viajar también es relativizar. Y hoy en día relativizar es un método muy sano de vivir en paz.

Viajar es olvidarte por unos días de ti mismo, de tus rutinas y abrirte a nuevas posibilidades. Viajar te coloca en una posición diferente a la habitual. Y si abres bien los ojos, dispuesto a absorber todo lo que te rodea y a interiorizarlo de alguna manera, dejas de mirarte a ti para descubrir lo demás.

Este verano iba yo en un autocar camino de uno de mis destinos, cuando me detuve a mirar las casas, las pequeñas poblaciones, a esas personas que fugazmente pasaban por delante. Esas personas que, a veces, el resto del año nos pasan desapercibidas. El sol fue cayendo, el cansancio se apoderó de los pasajeros y en aquel silencio, pude detenerme en observar como las luces de las casas que dejábamos atrás se iban encendiendo. Y entonces pensé que tras cada ventana, había una persona con una historia, tal vez, una familia con sus dramas particulares y sus alegrías diarias. Y yo solo soy una hormiguita más dentro de esa maraña de vidas que pululan por la tierra. E imaginé que tras esas ventanas iluminadas también convivirían pequeñas tristezas con sonrisas sin mesura y respiré tranquila. Respiré tranquila porque por un tiempo dejé de mirarme el ombligo, dejé de ser el centro de mi mundo para darme cuenta que aunque tenga mi lista de dramas y alegrías no soy la única… ¡Qué cuántas historias se esconderán tras esas ventanas, tras esas paredes! ¡Cuántas ilusiones por cumplir, cuántos deseos que no llegan…! Y es que en el fondo, no soy más especial que todas esas personas y es que, en el fondo, soy especial también, todos los somos de alguna manera. Parecerá contradictorio, pero no lo es.

Por eso, viajar es vivir, experimentar, compartir, pero ahora para mí también es relativizar… Relativizar lo que vivo y experimento. Dejarme de dar importancia para darle paso al sosiego. Sí, somos responsables de nuestra vida, pero vamos a permitirnos vivirla irresponsablemente de forma coherente, con lo que somos y deseamos, no con lo impuesto. Ser irresponsablemente responsables. De nuevo, parecerá una contradicción. ¿Pero es que acaso no es eso la vida, un constante choque de contrastes?

Viajar es practicar el noble arte de olvidarse de uno mismo para reencontrarse con lo que se es de verdad. Sin las capas de cotidianidad, las costumbres rutinarias, las caretas diarias. Viajar es relativizar lo que uno es para permitirse ser y sentir de una manera diferente.

¡Cuántas cosas encierra una sola palabra de seis letras, dos silabas y un único significado!

¿Con cuál te quedas tú?

Category: Viajar
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