Volar a 1.400 metros de altura pendientes de las corrientes de aire

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Milan, Dino, Clara y Herve, antes del vuelo.

Se te seca la garganta, se te hace un nudo en el estómago. Te aseguras que todo irá bien, porque sabes que irá bien, pero algo en tu interior lo pone en duda y entonces esa seguridad se tambalea como un castillo de naipes. Ves como cientos de personas lo hacen antes que tu y sabes que miles lo harán después. Cierras los ojos, cuentas hasta tres y te lanzas a un vació de más de 1.400 metros de profundidad. Y entonces la suerte está echada… Aunque el miedo hace que todo aquello que sientes sea como una droga y quieras más, y más y mucho más. Estás volando, cumpliendo un sueño.

Nuestro 25 de octubre lo hemos invertido íntegramente en volar en parapente. Tras una loable gestión de los nervios previos, hemos disfrutado de una experiencia maravillosa y alucinante. Desde el momento en el que reservamos plaza nos hemos ido pasando los nervios y la intranquilidad como si de una pelota se tratara. A ratos era Clara la que me convencía de que todo iría bien mientras que algunas veces me tocaba a mí tirar del carro.

Clara, en pleno vuelo.

Clara, en pleno vuelo.

El capricho de altura no nos ha salido barato pero, como tantas otras veces, si comparamos lo que vale en España con lo que pagas aquí, salimos ganando. Un vuelo de entre 20 y 30 minutos nos ha salido por unos 75 dólares por persona de la mano de la compañía Sunrise Paraglading, con traslados y demás incluidos, y un total de casi tres horas de actividad.

Nos despertamos con dudas y mirando hacia la montaña desde donde teníamos que saltar. Las nubes todavía dan por saco en Pokhara, a pesar de que noviembre es el mes ideal para disfrutar de las vistas, y a ratos el Anapurna despuntaba a lo lejos. Poco a poco la mañana se ha ido arreglando para que todos los aficionados al parapente dieran rienda suelta al mono.

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Las vistas eran increibles.

Nuestro turno ha sido a las 13 horas, después de pegarnos un señor desayuno en un bar al lado del lago. Los nervios han ido aumentando a medida que se acercaba el momento. De la oficina nos han trasladado a lo alto de una montaña que mide más de 1.400 metros a través de una carrera muy chunga y que invita a pensar lo peor.

Hemos tenido mucha suerte, creo. Tanto a Clara como a mí nos ha tocado un guía muy simpático. En mi caso se llamaba Milan, cuenta con ocho años de experiencia, mientras que a Clara le ha tocado un francés muy simpático de nombre Herve.

DCIM100GOPROUna vez en lo alto de la montaña nos han explicado cómo funciona. Básicamente consiste en esperar que una corriente de aire llene la vela y la levante y luego, a la orden del instructor, empezar a correr hacia delante hasta donde tus pies ya no tocan el suelo y sin saltar en ningún momento sino dejárse caer.

DCIM100GOPROY entonces vuelas. Alto, muy alto. He dejado claro que soy una niñita miedica ya que he empezado a chillar como un loco por el estrés acumulado. Os recuerdo que tengo miedo a las alturas y que esto no ayuda, precisamente. Lo impresionante de verdad es cuando tus pies pierden el contacto con el suelo abandonado tu hábitat más natural para andarte con expediciones por los aires.

Clara en primer plano y en el parapente amarillo y rojo viajaba yo.

Clara en primer plano y en el parapente amarillo y rojo viajaba yo.

En realidad, no temes demasiado por tu vida porque pronto y rápido entiendes que mientras el viento vaya llenando la vela no hay razón para preocuparse. Cuando consigues relajarte (Clara lo ha hecho mucho antes que yo) se trata de no mirar demasiado abajo para que no te entre el canguelo, aunque es inevitable.

¿Qué cómo es volar?, te preguntarás a estas alturas… Es, antes que nada, irreal. Tienes un paisaje alucinante bajo tus pies y no crees que todo aquello esté sucediendo de verdad. Flotas, te dejas llevar por las corrientes, y te sorprendes fascinado como si de un niño pequeño se tratara. El estómago, que antes se te ha girado, ahora está yendo y viniendo. Es como cuando estás en el avión y desearías bajar la ventanilla para verlo todo más de cerca.

Hemos estado una media hora en el aire y nos hemos sacado un montón de fotografías y tal para inmortalizar la experiencia. Lo malo es que cuando empiezas a hacer piruetas resulta muy fácil pillar un mareo de campeonato. Claro que lo he pillado yo, Clara se ha salvado. He estado jodido un buen rato.

La pista de aterrizaje que comparten todas las empresas de parapente que hay en el lugar está en un descampado, cerca de unos arrozales, en los que decenas de pokarenses pescan tranquilamente mientras van aterrizando los turistas.

Al acabar, hemos comprobado que soy un BigFoot. A pesar de que en Pokhara hay centenares de tiendas, nos hemos tenido que patear varias veces la calle principal en busca de alguna tienda que vendiera chanclas del número 47, como mínimo. En casi todas se quedan en el 44, por lo que ha sido bastante frustrante. Al final, como me pasaba cuando tenía 12 años y tenía que soportar el suplicio de buscar calzado, me he quedado con las primeras que me cabían, aunque sean más feas que cualquier cosa.

Cerramos el capítulo de Pokhara con una sobredósis de adrenalina pero, para qué negaros, salimos de un fregado para meternos en otro ya que de camino a Katmandú pasaremos dos días en un campamento en el que podremos hacer rafting y descenso en cañones, cataratas y pozas naturales.

A pesar de que tanto el vuelo como la excursión pinta de maravilla, no os dejéis engañar, por estos lares tienes que pagar casi hasta por el papel higiénico por lo que estamos disfrutando pero también es cierto que estamos gastando y que no todos los mochileros pueden permitírselo. Nosotros de momento, no nos privamos de nada, aunque luego puede que al volver nos toque sobrevivir a base de arroz.

Namasté!

Category: Viajar
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