Y finalmente…Gracias Australia.

No recuerdo cuantas veces he empezado este post. Creo que como cuatro o algo así. Empecé en Sydney intentando decir adiós, lo hice en el tren de camino a Byron Bay después de un fin de semana inolvidable en una granja en Grenfell, lo empecé también en un avión de camino a Cairns y lo hice en un bus de vuelta a la Gold Coast. Parece, no lo sé, que verá la luz mientras vuelo de camino a Singapur, a modo de adiós, bonito adiós, a un país que se me antojó difícil y complicado al principio y que, sin embargo, ha acabado mostrándome su cara más amable, porque la tiene, vaya si la tiene.

Ya lo escribí hace tiempo, con mi mochila al hombro, y a pesar del peso, me siento mucho más ligera, emocional y espiritualmente, no sé definirlo pero es esa sensación de no saber que va a pasar al día siguiente la que me atrapa, la de ir decidiendo cada día lo que me apetece hacer.

Sydney, ya lo dije, no fue el escenario para sorpresas ni
aventuras. Allí estudié, allí conocí a gente maravillosa e inolvidable y allí me recuperé económicamente trabajando por unos meses. Es la ciudad de las oportunidades, así lo venden ellos y así es. Pero hoy este espacio va para Grenfell, Byron Bay, para la Sunshine Coast, Cairns, para la Gran Barrera de Coral, para Early Beach, Whitsundays y Gold Coast. Todos ellos me han mostrado la cara más libre y cercana de este inabarcable país.

Me emocioné nadando entre cientos de peces de colores en La Gran Barrera de Coral, no salí del agua hasta estar completamente arrugada o hasta que nos llamaban para volver al barco. Es un lujo abrirte paso entre tantos peces diferentes y hacerlo sobre aquellos corales. Tuve la misma sensación que cuando vi la Ópera en Sydney por primera vez: ¡Oh, Noe! ¡Dios mío, estás aquí! ¡Estás en Australia y nadando en esta maravilla de la naturaleza! Yo debí haber sido pez en otra vida, o arena del fondo del mar, o yo que sé qué, pero me siento muy agusto entre estos bichos, me desprenden tanta paz… Y volví a pensar lo que en otras ocasiones atrás: ojalá se pudiesen parar y embotar algunos momentos…

Otra gran experiencia que incorporo a mi mochilita particular es la de haber navegado dos días en velero por Whitsundays. Inolvidable. Maravilloso. Lloré otra vez de felicidad. Y es que no podía ser de otra manera. El lugar es de una belleza indescriptible, un auténtico paraíso de aguas turquesas, islas paradiasíacas de arena blanca, una tranquilidad asombrosa y todo un mundo por descubrir bajo la superficie del mar: más corales, más peces, como un acuario gigante. Cuando salté al agua la primera vez pensé: “Estos capullos han puesto todos estos peces y estos corales aquí antes de que llegásemos, esto no es real”. Y es que cuesta creerlo, pero sí…es muy muy real, increíblemente real.

La experiencia la compartía con Julia, la Sister del Rainbow, y con Gonzalo, otro encanto de argentino que se cruza en mi camino. Qué gracia, y ya van unos cuantos, luego dicen de los gallegos que estamos en todas partes… Ahí lo dejo. Ninguno de los tres dábamos crédito a lo que veíamos. Y me consta que ninguno de los tres olvidará fácilmente esos días. Yo pude cumplir parte de un sueño, dormirme en un velero mecida por las olas, con una noche preciosa y estrellada, después de una cena deliciosa mientras me deleitaba viendo como se escondía el sol en el mar tiñéndolo todo de naranja, de rosa, de púrpura…¿Ya he dicho que lloré de felicidad? Y qué bonito es…Ojalá lo hiciésemos mucho más a menudo. Quiero aburrirme llorando así y gritarlo a los cuatro vientos sin ningún tipo de vergüenza.

Y claro, esta locura no acabó ahí, no. Porque uno amanece plácidamente, se despierta, sale a cubierta y se vuelve a encontrar con esa maravilla…Qué amaneceres…Y otra vez quise parar el tiempo y atraparlo para siempre mientras el sol iba bañando aquel paisaje con un suave tono dorado. No había palabras, aquellas imágenes se quedarán para siempre en mi retina.
El broche final fue volver navegando con viento fuerte y sentirlo empujando las velas. Qué fuerza, qué tensión… Ese sonido por un lado, el del velero rompiendo las olas por otro…Emocionada, así llegué y así acabé ese día. Y me vino bien, porque me esperaban casi 24 horas de viaje entre buses y trenes. Ésta es la locura de Australia, sus infinitas distancias. Pero si uno va como fui yo, con esa sobredosis de felicidad en el cuerpo, todo se vuelve dulce, hasta un día entero sentada en diferentes transportes públicos.

Byron Bay fue otro lugar mágico. Viene a ser algo así como el Finisterre de Australia, otra vez esta comparación, por cierto… La recuerdo en Nueva Zelanda. Está claro que algo tienen estos lugares para mí. El caso es que Byron es el punto más al Este de Australia, y por ello, se entiende que está cargado de una energía especial. Además del faro, preciosísimo lugar por cierto, uno puede perderse por bosques preciosos con cascadas, por playas salvajes o por el centro del pueblo y sentir ese ambiente hippie y esa energía en el ambiente. Todo es distendido, relajado, se respira mucha, mucha tranquilidad. Yo tuve la suerte de contar con un guía especial, James, muy del perfil de Byron. Él me llevó a esas cascadas y a playas preciosas que no hubiera conocido por mi cuenta. Y con él fui afortunada viendo a una mamá ballena enseñando a su cría a unos metros del faro. ¡Oh dios!…Aquel sonido de los golpes con la cola en el agua no lo olvidaré nunca. Gracias Wild guy. Y
en Byron me estrené con el surf. Otra cosa pendiente que tenía en mi lista para hacer antes de dejar Australia. Y engancha.¡Vaya si engancha! Me encantó. Disfruté como una loca, y qué agustito me quedé por dios…

Noosa y Sunshine Coast están ligados a Sean y Julia. A ellos dos y a los paseos en kayak por las aguas de Noosa, a las caminatas por el monte buscando playas y koalas, a los helados, al shopping de supervivencia para el fin de semana, al baño matutino en la playa, a las salidas nocturnas con ukelele y harmónica, al paseo en barco con Captain Cookie, a la barbacoa, al rugby y al derbi New Zealand – Australia, a la tranquilidad de aquel mágico e inolvidable domingo, a la música, al placer de comer, a la inagotable buena onda del australiano…Thanks Sean.

Y no podía ser de otra manera, éste será el post más viajero de entredosnubes. Nació dejando atrás Australia, vivió en Singapur y ahora vuela de camino a Manila. Acabó de pasar uno de los momentos más estresantes de mi viaje antes de subir a este avión, pero ya está, aquí estoy, superado y rumbo al destino que, siguiendo a mi tripa, decidí incorporar en mi viaje: Filipinas. Así que allá va. Veremos si he aprendido algo y esta vez empiezo mejor. Mente positiva, mente positiva…

…pero estábamos en Australia. Y no quiero dejarla atrás sin incorporar a este blog los nombres de Claudia, Barbi, Lucy, Valen y Romi. Las “Australian girls” que, sin serlo, han sido mi apoyo y han pasado a ser personas muy importantes en mi vida. Gracias por todos los momentos que hemos compartido chicas. Sois unos amores. En Canadá, Argentina, Galicia, Bilbao o donde sea pero estoy segura de que os volveré a ver. Hasta entonces…¡Muy buen viaje!

Y así se queda atrás esta etapa de mi vida. Nunca pensé que acabaría viviendo casi cinco meses en Australia. Menos todavía que conocería a gente tan especial y que me aportaría tanto. Allí se quedan experiencias, torbellinos de emociones, trabajo, amigos, excursiones, fiestas, miedos, ilusiones, impotencia a veces, magia otras muchas, viajes…impensable cuando llegué. Pero esto es lo más bonito que estoy aprendiendo en este tiempo. A dejarme sorprender, a fluir, y cuando toca decidir, intentar que el ruido de fuera no me impida escuchar lo que mi tripa intenta decirme.

Thank you Australia.

Category: Viajar
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